
Me gusta comparar la empresa con el deporte porque creo se entiende mejor.
En ninguno de los dos se gana por nombre ni por historia.
Se gana partido a partido. Día a día. Sudando la camiseta.
Muchas decisiones empresariales se explican mejor en ese lenguaje: cada proyecto es una final y cada error se paga caro.
Por eso, lo que estamos viendo hoy en uno de los clubes más grandes del mundo es un aviso a navegantes.
También hay empresas que se creen irremplazables, intocables, eternas.
Y no lo son.
Rodearse de talento es imprescindible.
Pero el talento sin equipo no gana.
Los proyectos que rozan la gloria no lo hacen por egos,
sino por cohesión.
Da igual que seas el más grande, el más admirado o el más temido.
Sin equipo, sin compromiso y sin un objetivo compartido, no hay gloria.
Solo caída.








