Autor: Martín Eugenio Pérez Hernández

  • Pensar en verde.

    Estamos contentos (y muy orgullosos) de formar parte del Dossier “Descubriendo casos de éxito de sostenibilidad en Lanzarote y La Graciosa”, elaborado por la Federación Turística de Lanzarote.

    Un nuevo reconocimiento que nos recuerda algo importante: hacer las cosas bien tiene recompensa

    Gracias a Daifa Sánchez (Federación Turística) y a nuestra compañera Cristina Guillén por el esfuerzo constante y el trabajo bien hecho. 

    Esta semana volvieron a encontrarse para seguir trabajando en sostenibilidad.

    No porque sea fácil, sino porque es lo correcto.   

  • Como galletas recién horneadas

    Nuestros clientes son únicos, y sus opiniones son nuestra mejor carta de presentación. 

    Así que déjame contarte algo: cada inicio de año lanzamos un nuevo producto al mercado, pensado para cumplir con su propósito al 100%. 

    Al recibirlo y testarlo, una de nuestras clientas nos dejó sin palabras con su reacción.

    Esto fue lo que escribió:

    «¡Acabo de probarla y me encanta! Te deja la piel súper hidratada, fresca, y con un aroma a galletas recién horneadas.»

    ¿Hace falta decir más?

    ¿Quién necesita publicistas, con clientes así?

    A propósito, se denomina Body Butter, no la clienta… la crema.

  • Oiga monifato.

    Manuel Hernández vivía en la calle Las Casillas, en el pintoresco pueblo de Máguez, en la isla de Lanzarote. Su oficio, barbero.

    Pero como la mayoría en los años 50, 60, 70 y hasta bien entrados los ochenta, dedicaba tanto tiempo al campo como a su navaja.

    Porque en aquellos tiempos, sobrevivir era un arte, y había que ser un maestro en todo: en la barbería, en la tierra y, cómo no, en la vida.

    Dicen los que lo conocieron que tenía un estilo muy suyo para trabajar: se ensalivaba los dedos con la confianza de quien lleva toda una vida haciendo las cosas a su manera.

    Luego, con la navaja bien afilada, trasquilaba los mechones con la precisión de un reloj suizo. Y, oye, quedabas listo para conquistar el día.

    En Máguez, como en el resto del norte de la isla, nadie se libraba de un «nombrete».

    Era más común que te conocieran por tu apodo que por lo que ponía en tu partida de nacimiento. Y Manuel no era una excepción: todos lo llamaban Manuel Relevo.

    Aquí viene lo bueno.

    Un día, mientras descansaba en casa con su mujer, la señora Manuela, un chiquillo, mandado por algún mayor, llegó a su puerta. Desde la calle, el muchacho soltó a pleno pulmón:

    —¡Relevooo! ¡Manolaaaa!

    Y entonces sucedió.

    En dos segundos, Manuel salió por la puerta. Pero no a gritar, no a perder los papeles. A enseñar algo que hoy escasea. Y con mucha educación, pero firme como una roca, le espetó al muchacho:

    —Oiga, monifato —dijo, con esa mezcla perfecta de firmeza y cortesía que pocos dominan—, a mí me llama Don Manuel. Y a mi señora, Doña Manuela.

    El chiquillo, probablemente más asustado que educado, respondió como pudo:

    —Sí, seño Manue.

    El pueblo entero se quedó con la anécdota. Porque no solo fue divertida. Fue una lección. Una de esas que no se olvidan.

    Porque con ese pequeño gesto, Don Manuel nos recordó algo que no deberíamos olvidar: el respeto es muy bonito.

    Y además, nunca pasa de moda.

  • Sabios

    Hubo un tiempo en el que cada pueblo tenía sus propios sabios. 

    Gente sencilla, sin títulos rimbombantes ni diplomas que colgar en las paredes. Gente que, sin saberlo, cargaba sobre sus hombros el peso de la memoria colectiva

    Eran ellos los que tenían las respuestas cuando las preguntas venían cargadas de polvo y olvido. 

    ¿Qué fue de aquel pariente que emigró a Argentina? ¿De donde viene el nombre de este lugar? ¿Qué secretos esconden los apellidos que llevamos pegados a la piel como una herencia?

    Jesús Perdomo Ramírez es uno de esos sabios. Uno de los pocos que todavía quedan en los pueblos. 

    Un hombre curioso hasta la médula, con ese tipo de inquietud que lo empuja a buscar en lo que otros han dejado de mirar. 

    Un autodidacta que ha hecho de los árboles genealógicos su mapa del tesoro.

    Con la paciencia de un relojero y el respeto de un arqueólogo, Jesús ha desenterrado los orígenes de muchos apellidos comunes de la isla de Lanzarote. 

    Es una enciclopedia viva, un testigo que guarda en su memoria las historias que el tiempo no ha logrado borrar. 

    Tanto es así que la Junta de Cronistas de Canarias lo ha reconocido como Memorialista…  lastima que los reconocimientos siempre vengan de fuera.

    Pero lo que realmente distingue a Jesús no es solo lo que sabe, sino lo que hace con ese conocimiento. 

    No se guarda nada, porque entiende que el saber, si no se comparte, no vale gran cosa. 

    Siempre está dispuesto a resolver una duda, a reconstruir un relato, a tender un puente entre el pasado y quienes lo miran con ojos nuevos.

    Porque, al final, ¿qué sería de nuestros municipios sin estas figuras?

    Sin estos sabios que, entre líneas y relatos, nos enseñan que nuestra historia es más que pasado. 

  • Pagar el pato

    Esta semana ocurrió algo que no debería haber pasado.

    Algo que tendría que ser una obviedad, pero no lo fue. Esta semana tendrían que haber subido las pensiones. No ocurrió.

    ¿Por qué? Porque nuestro Gobierno no consiguió la mayoría parlamentaria necesaria para aprobarlo. Así de simple. Así de devastador.

    Y, como casi siempre, los que tienen menos, los que ya cargan con lo justo y, a veces, ni eso, vuelven a ser los más golpeados por la batalla política.

    Entre ellos, nuestros mayores. Aquellos que han trabajado toda su vida, que han dado más de lo que tenían y que, hoy, ven cómo sus pensiones no se revalorizan.

    Por poco que fuera, habría significado algo para ellos. Un alivio. Un respiro.

    Antonio Gala lo dijo una vez, con esa claridad que lo caracterizaba: «Hemos convertido la vejez en una enfermedad incurable cuyo costo es altísimo de mantener».

    ¿Y sabes qué? La historia le está dando la razón.

    Porque no hablamos de cifras ni de presupuestos. Hablamos de dignidad. De justicia. De cuidar a quienes nos cuidaron.

    Y eso, aunque parezca que algunos lo olvidan, no es negociable.

  • Es el camino y nada más.

    Esta mañana me crucé con un viejo amigo de la universidad. Después de terminar la carrera, como suele pasar, nuestras vidas tomaron rumbos diferentes.

    El mío me llevó al camino de la emprendeduría. Hoy, con la ayuda de un equipo extraordinario, gestionamos una empresa que toca los tres sectores económicos.

    Ha sido un viaje lleno de retos, pero también de enormes satisfacciones.

    Mi amigo, en cambio, eligió opositar. Ahora trabaja como funcionario en una administración pública de la Isla.

    Y quiero decirlo claro: hace su trabajo con un nivel de profesionalidad que inspira. Incluso diría que es un ejemplo a seguir para muchos trabajadores públicos.  

    Hablamos de nuestras trayectorias, de dónde estamos y cómo nos va. Y lo mejor es que ambos nos sentimos felices y orgullosos de nuestras decisiones.

    Este encuentro me hizo recordar una encuesta que leí hace años. Preguntaron a los jóvenes en España qué querían ser en el futuro.

    Más de la mitad respondió que aspiraban a ser funcionarios. No es  una sorpresa, la estabilidad que ofrece lo público siempre ha sido atractiva.

    Sin embargo, un dato me llamó la atención. Solo una pequeña parte de los encuestados querían ser emprendedores.

    Y esto es algo que se necesita cambiar. Porque si hay algo que mueve la economía, son los emprendedores. Los que apuestan, los que se la juegan, los que están dispuestos a asumir riesgos para construir algo propio.

    Emprender no es un camino fácil. Es exigente, a veces agotador, y siempre incierto. Pero también es profundamente ilusionante. La sensación de ser dueño de tu vida, de tus decisiones y de tu futuro, no tiene comparación.

    Y eso, amigo, no tiene precio.

  • Los tres mosqueteros

    Este fin de semana hemos cerrado un círculo que comenzamos a trazar hace casi dos años.

    Lo que empezó como una idea, una ilusión en bruto, hoy se ha convertido en realidad. Y no cualquier realidad, sino una que refleja lo que somos como empresa: innovadores, inquietos, dispuestos siempre a diversificar y a sorprender.

    Después de semanas de pruebas, de ensayo y error, de ajustar cada detalle, por fin podemos decirlo: tenemos un producto único. Redondo. Perfecto. Y listo para salir al mercado. Un producto que, estamos convencidos, se ganará el corazón de quienes lo prueben.

    El sueño era crear una cerveza artesanal con Aloe. 

    La misión era convertir esa idea en algo tan auténtico y especial como el lugar del que nace. Y lo hemos logrado. VULCANALOE está aquí.

    Pero ningún sueño se construye solo. Esto es el resultado del trabajo, la pasión y la complicidad de tres personas increíbles: Ernesto, Sergio y Zaday. 

    Sergio y Zaday pusieron su conocimiento, su precisión, esa capacidad de transformar lo técnico en arte. Ernesto, con su energía inagotable, lideró este barco con la pasión de quien sabe que el destino vale la pena.

    En poco más de un mes, VULCANALOE estará disponible. 

    Y no será solo una cerveza.

    Será una experiencia. Porque es diferente, porque es auténtica, porque está hecha con el alma.

    Mi enhorabuena a este equipo que creyó, que apostó y que lo dio todo. Que demostró que, cuando combinas talento y corazón, lo imposible deja de serlo.

    Y a ti, que nos lees, solo te digo esto: prepárate para probar algo que no te va a dejar indiferente.

     VULCANALOE está hecha para quedarse en la memoria de tu paladar.