Autor: Martín Eugenio Pérez Hernández

  • Majalulos.

    Majalulo. Palabra con doble vida.

    Primero, la cría del camello, que aún mama y aprende.

    Después, el humano que ya no mama… pero tampoco aprende.

    En Canarias, ambos existen. Pero hoy hablamos del segundo.

    El majalulo moderno no pasta en el desierto. Opina. Señala. Juzga. Todo rápido, todo limpio. Todo sin esfuerzo.

    El relato es perfecto: dromedario ​humillado, camellero condenado, y quien acusa, automáticamente redimido.

    Solo que falla en un detalle: la realidad.

    Porque el camello, aquí, no es atrezo. Es raíz.

    Sin él, Lanzarote no sería Lanzarote. Fue pata, fuerza y paciencia en una tierra donde nada era fácil. 

    Ayudó a arar, a cargar, a resistir. A construir, paso a paso, el paisaje que hoy se contempla.

    Pero eso no cabe en un discurso rápido. No interesa.

    Así que simplificamos:
    ​camello igual a sufrimiento,
    ​camellero igual a verdugo,
    y el majalulo digital, héroe de saldo.

    Curiosa moral: salvar al animal… aplastando al hombre.

    Se habla de bienestar animal. Perfecto.
    Pero inventar, exagerar o acusar sin pruebas no es proteger. Es otra cosa.

    Y también tiene nombre.

    Majalulo, por ejemplo.

  • Finalistas.

    Hay momentos en los que el trabajo bien hecho, el tiempo y la intuición se cruzan en el lugar exacto.

    Nuestra cerveza VULCANALOE ha sido elegida entre las 5 finalistas al Premio de Innovación en el Barcelona Beer Festival 2026, el gran escaparate de la cerveza artesana en el sur de Europa.

    ​Lo curioso —o lo hermoso— es que VULCANALOE apenas acaba de nacer.

    Unos meses en el mundo y ya se sienta a la mesa de los mayores.

    Eso dice mucho.

    Dice que cuando hay origen, identidad y oficio, las cosas encuentran su sitio. Aunque sea pronto. Aunque nadie lo espere.

    Este fin de semana, en Barcelona, estaremos allí. Con la tranquilidad de saber que lo que hemos hecho tiene sentido.

    Ahora toca seguir.

    Enhorabuena a todo el equipo de ALOE PLUS LANZAROTE.

  • Peluqueros.

    No sé por qué, hoy, sin aviso ni motivo aparente, me han vuelto a la memoria mis primeros peluqueros.

    Es extraño, porque hace ya muchos años que no piso ni aquellas barberías de antes, ni estas peluquerías modernas.

    Y, sin embargo, ahí estaban, uno tras otro, como si hubieran estado aguardando pacientemente en algún rincón de la memoria.  

    El primero fue Zenón Luzardo, barbero de los de toda la vida, de manos firmes y oficio antiguo. Me subía a un taburete colocado sobre la silla —ingeniería humilde— para poder manejar con soltura el peine y la tijera.

    Yo, condenado a la quietud, asistía resignado al despojo de mis rizos, y rara era la vez que no salía de allí entre lágrimas o con un enfado oscuro, como quien ha sufrido una injusticia irreparable.

    Luego estaba Juanita Rivera. Costurera y peluquera por vocación o necesidad. Su casa era un híbrido delicioso: mitad salón, mitad sastrería, mitad peluquería.

    Me pelaba entre telas, hilos y patrones, y el sonido de las tijeras competía con el de la máquina de coser, en un duelo doméstico de acero contra acero.

    Y en la adolescencia apareció Ladislao, el mudo de Haría.

    Mudo, sí, pero no por ello callado del todo: hablaba con los ojos, con las manos, con ese gesto torcido que era media conversación.

    Era de una inteligencia afilada. No se le escapaba nada, ni un rumor, ni una noticia, ni una traición capilar.

    Porque si yo me atrevía a poner mi cabeza en manos de otro, Ladislao no me retiraba la palabra —no podía—, pero me lanzaba una mirada que era puro reproche, una especie de discurso silencioso que dolía más que cualquier regaño.

    No sé por qué hoy han regresado todos ellos.

    Tal vez la memoria tiene sus propios caprichos, sus deudas pendientes.

    Lo cierto es que, al recordarlos, he sentido algo parecido a la gratitud.  

  • La cruz.

    Todos cargamos con algo.

    Problemas, presión, miedos, responsabilidades…
    Llámalo cruz, si quieres.

    Con el tiempo entiendes algo importante:

    No es tanto lo que llevas, sino con quién lo llevas.

    Por eso, a largo de la vida te das cuenta de que el verdadero valor está en las personas que aparecen —familia, amigos, compañeros— y que, sin hacer ruido, te ayudan a sostener ese peso.

    No te lo quitan,
    pero lo hacen más llevadero.

    No te salvan,
    pero evitan que caigas.

    Y eso marca la diferencia.

    Porque ninguna cruz pesa igual cuando no se carga en soledad.

  • Paula.

    Conozco a Paula desde que era una chinija.

    Con su familia siempre me unió algo más que el trato: una cercanía de las que no se explican, simplemente se viven.

    Nadie habría imaginado entonces que, años después, el destino —caprichoso como acostumbra— nos colocaría en la misma trinchera profesional.

    Recuerdo perfectamente el día en que cruzó la puerta como promotora de ventas.

    Llevaba los nervios en la mirada, pero también esa determinación silenciosa que no se aprende.

    Cumplió. Y cumplió bien.

    El tiempo, que pone a cada cual en su lugar, la llevó después a la Central. Allí cambió el mostrador por la mirada exigente del equipo de calidad.

    Y fue entonces cuando lo vimos claro: no era una más, era un diamante en bruto.

    Han pasado más de diez años. No es poco.

    Hoy no se despide: dice “hasta luego”, como hacen quienes dejan huella.

    Porque la vida —ya lo sabemos— es una sucesión de etapas, y hay que tener el valor de cerrarlas a tiempo.

    Paula se marcha sabiendo que esta siempre será su casa.

    Aquí deja algo más que trabajo: deja respeto, orgullo compartido y la huella limpia de quien ha sabido crecer junto a otros.

    Deja también algo difícil de medir: complicidad, aprendizaje mutuo, la sensación de haber construido algo entre todos.

    Después de tanto tiempo, a Paula no solo le corre sangre por las venas. También algo de aloe.

    Porque entendió este negocio desde dentro, con esa mezcla de intuición, carácter y lealtad que no abunda.

    Suerte, Paula. Buen rumbo. Y hasta siempre, amiga.

  • Estampío.

    Hoy, durante el almuerzo, reapareció una de esas palabras que uno creía relegadas al fondo del idioma, como viejos útiles guardados en un cajón que nadie abre.

    Hablábamos, sin más misterio, de la Semana Santa, cuando alguien soltó, casi sin darse cuenta: “En La Graciosa va a haber un estampío de gente impresionante.”

    Y ahí estaba: estampío.


    Esa palabra que en Canarias no hace falta explicar pero que, si uno se pone fino, viene a ser una multitud apretada, una aglomeración con alma, no un simple “mucho”, sino un “demasiado” con cuerpo y calor humano.

    Bendita palabra.

    Lo curioso —o lo preocupante— es comprobar cómo términos así se van perdiendo, erosionados por la costumbre de hablar cada vez más plano, más uniforme, como si el idioma tuviera que someterse a una suerte de disciplina global que todo lo simplifica y lo iguala.

    La globalización, ya se sabe, no solo arrastra mercancías: también se lleva palabras por delante.

    Mientras escuchaba, no pude evitar sonreír.

    Porque “estampío” no es solo gente; es también sonido.

    El estampío seco de un volador rompiendo el cielo, el golpe rotundo de una puerta cerrada sin contemplaciones. Palabras que no describen: golpean.

    Entre cuchara y cuchara pensé que, a pesar de todo, algo nos queda.


    Que, aunque sea entre bambalinas, en conversaciones distraídas y sin pretensión, estas palabras siguen latiendo.

    Y al latir, nos devuelven —aunque sea por un instante— a un tiempo en que decirlas era lo más natural del mundo.

    Y que quizá aún no las hemos perdido del todo.

  • Alimentaria.

    El domingo aterrizamos en Barcelona con una idea clara: aprender.

    Y sí, aprender aprendimos.

    Pero también íbamos con algo bajo el brazo. Nuestro pan. Nuestro trabajo. Nuestra manera de hacer las cosas.

    Alimentaria bajó hoy el telón jueves…  Dos años hasta la siguiente. 

    Ya estamos apuntados. Porque hay sitios a los que no se vuelve por costumbre, sino por convicción.

    Escuchar a Enrique Tomás —un tendero, como él se define— fue uno de esos momentos que justifican un viaje entero. Gente que ha entendido algo esencial: vender no es despachar, es ​tener identidad.

    Pero lo verdaderamente importante no estaba en él.

    Estaba en lo nuestro.

    Ernesto. Amigo y compañero. Argentino de nacimiento, canario por adopción y por carácter. Se plantó delante de un auditorio atento —de esos que no regalan nada— y habló.

    Y no habló para gustar. Habló para contar.

    La cerveza Vulcanaloe.

    Cómo se hace, sí. Pero, sobre todo, por qué merece existir. Y cuando alguien explica eso con verdad, no necesita adornos. La gente escucha. Y entiende.

    Hay proyectos que nacen débiles y mueren rápido.

    Y hay otros que nacen con intención de quedarse.

    Este es uno de esos.

    Me vuelvo con la sensación clara de que vamos por el buen camino.

    Y con algo que no se compra: el orgullo de saber con quién caminas.

  • Infelices.

    No, no se puede ser infeliz en Haría.

    O al menos, no de la manera en que pretenden convencernos.

    Resulta que una empresa —con nombre extranjero y vocación estadística, Sonneil Homes— ha decidido que este rincón del norte de Lanzarote es el lugar donde habita la infelicidad.

    Uno lee eso y no sabe si reír o resignarse.

    Haría no es un dato.
    Haría es un paisaje.

    Un lugar donde la tierra aún conserva dignidad, donde el silencio no es incómodo y donde el tiempo no corre, sino que se posa.

    En este municipio la naturaleza no es decorado, es presencia. Y quien no entienda eso, difícilmente entenderá nada.

    Es cierto: aquí no hay grandes espectáculos ni estridencias. No las necesita.

    Haría no compite por llamar la atención; simplemente existe, con esa obstinación tranquila de los lugares auténticos.

    ¿Carencias? Por supuesto.

    Pero confundir carencias materiales con infelicidad es una simplificación tan pobre que casi resulta ofensiva.

    Porque si algo define a Haría —más allá de su geografía— es su gente. Personas que aún conservan algo que en otros lugares se ha perdido: el trabajo sin ruido​ y la hospitalidad sin cálculo.

    César Manrique lo supo.
    No vino aquí por error ni por capricho.

    Vino porque hay lugares que no se eligen: te eligen.

  • San Patricio

    Siempre hemos mantenido una relación magnífica con el visitante irlandés.

    No es algo reciente ni fruto del azar.

    Desde hace muchos años, Lanzarote ocupa un lugar especial en el mapa emocional de quienes llegan desde Irlanda.

    Nuestra experiencia con el cliente irlandés ha sido siempre muy positiva.

    Es un visitante respetuoso, interesado, atento a los detalles.

    Cuando entra en nuestras tiendas no se limita a mirar: pregunta, se interesa por cómo se hacen las cosas, por los procesos de fabricación, por el origen de los productos.

    Hoy, además, es un día señalado para ellos.

    Se celebra San Patricio, una fecha que para Irlanda no es sólo una fiesta, sino un símbolo que significa identidad, tradición y orgullo por sus raíces.

    Por eso hemos querido sumarnos también a esta celebración.

    Hoy estaremos presentes en el Festival de San Patrick de Puerto del Carmen, con un stand en el que quienes se acerquen podrán degustar tres productos: la cerveza Vulcanaloe y la ginebra Gin+Aloe.

    Si pasan por allí, será un placer recibirlos.

    Los esperamos. 🍀

  • Anillo

    Nunca he sido amigo de llevar joyas. No es cuestión de virtud ni de austeridad, simplemente no me interesan.

    Sin embargo, desde hace muchos años hay algo que siempre me acompaña: un reloj.

    No por vanidad, sino por disciplina.

    El reloj tiene una virtud que el ser humano olvida con demasiada facilidad: nos recuerda que el tiempo pasa, y que cada segundo que se escapa no vuelve jamás.

    Tenemos una extraña obsesión por medir. Medimos el peso, la distancia, la velocidad, el rendimiento… casi todo.

    Y no es una mala costumbre. Medir sirve para orientarse, para corregir el rumbo cuando uno se desvía o para confirmar que, pese a todo, sigue avanzando en la dirección correcta.

    Hasta ayer no conocía un nuevo sistema de medición. No es bisutería, aunque lo parezca.

    Se trata de un anillo.

    Un invento europeo, finlandés, que está revolucionando el campo de las mediciones aplicadas a la medicina.

    A simple vista es discreto, casi insignificante.

    Pero dentro de ese pequeño círculo de metal habita una tecnología capaz de medir algo tan escurridizo como la calidad del sueño.

    Y eso, créanme, no es un detalle menor.

    Sobre todo en estos tiempos en los que el mundo parece empeñado, día tras día, en quitarnos precisamente eso: el sueño.