
Entraron por mirar.
No conocían el aloe.
Ni falta que hacía.
Porque entonces apareció Camino, que en Costa Teguise no vende productos: conversa, contagia y convence sin parecer que convence.
Probaron la pasada semana.
Y volvieron ayer.
Dos ventas buenas, de esas que dejan premio: sombreros gracioseros, sonrisa incorporada y foto inevitable.
Pero lo importante no fueron las bolsas llenas de productos.
Fue esa felicidad ligera con la que se fueron.
Como quien compra un recuerdo y termina llevándose también una historia.
Camino tiene ese raro talento: hacer que una marca deje de parecer una marca y se vuelva algo cercano, casi personal.
Y eso no lo fabrica ninguna campaña.