Roster.

Quien me conoce sabe que tengo debilidad por las palabras de mi tierra. Las canarias. Las nuestras.

Las que huelen a campo, a mar y a gente que aprendió antes a sobrevivir que a presumir.

Las uso siempre que puedo.

Porque uno acaba defendiendo su identidad incluso en las sílabas.

Pero de vez en cuando aparece una palabra que merece ser esuchada.

Hace unos días oí una:
ROSTER.

La dijeron mientras anunciaban la convocatoria de los 26 jugadores que irán al Mundial.

Y comprendí algo interesante.

Un roster no es una simple lista de nombres.
Eso lo hace cualquiera con papel y bolígrafo.

Un roster es una hermandad.
Un pacto silencioso entre personas con un mismo objetivo.

Porque un equipo no lo forman once camisetas ni veintiséis dorsales.

Lo forman los que entrenan cuando nadie mira.
Los que callan cuando toca callar.
Los que aguantan el golpe.
Los que siguen corriendo cuando ya no queda aire.
Los que entienden que el ego sirve de poco cuando enfrente tienes un enemigo mejor organizado que tú.

Las estrellas ganan partidos.
Los equipos ganan mundiales.

Y eso no ocurre solo en el fútbol.

Sucede en las empresas.
En los proyectos.
En cualquier trinchera humana donde haga falta confiar en el de al lado.

El talento impresiona.
Pero el carácter colectivo sostiene imperios.

Porque cuando llega la tormenta —y siempre llega— el talento individual sirve de poco.

Lo único que importa es el roster que tienes al lado.