
Me he acostumbrado a ver, desde la ventana de la oficina, una escena que se repite cada semana.
Llega un educador de perros.
Detrás de él, una pequeña procesión de dueños con sus mascotas.
Algunos perros tiran de la correa como si quisieran conquistar el mundo. Otros ladran a todo lo que se mueve.
Entonces empieza la clase.
Y resulta curioso comprobar cómo, poco a poco, aquello que parecía imposible empieza a cambiar.
El perro que no obedecía, obedece.
El que desafiaba, se calma.
El que iba por libre, aprende a convivir.
Mientras los observo, no puedo evitar acordarme de aquellos perros callejeros de nuestra infancia, los que recorrían sin dueño las calles polvorientas de los pueblos y respondían únicamente a sus propios instintos.
Quizá por eso nuestros mayores insistían tanto en la importancia de la educación.
Porque educar nunca ha consistido en domesticar.
Consiste en aprender a vivir con los demás sin convertir cada esquina en un campo de batalla.