
Hay lugares que desafían toda lógica.
La Macaronesia es uno de ellos.
Cinco archipiélagos dispersos en el Atlántico, frente a la costa noroeste de África, unidos por un origen común, un paisaje volcánico y una forma muy particular de entender la vida.
Hace más de dos mil años, los griegos ya les habían puesto nombre.
Makarios.
Afortunadas.
Quizá intuían algo que nosotros solo empezamos a comprender con el paso del tiempo.
El Mundial que acaba de terminar ha dejado una de esas casualidades que invitan a detenerse un instante.
España se proclamó campeona del mundo.
Pero hubo una selección que no consiguió vencer: Cabo Verde, uno de los territorios de la Macaronesia.
No deja de ser curioso.
Como también lo es que, si seguimos recorriendo ese mismo mapa, lleguemos a Madeira, la isla donde nació Cristiano Ronaldo, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.
Y que, un poco más al sur, en Canarias, celebremos que dos de los nuestros, Pedri González y Yeremy Pino, formen parte de la selección que acaba de conquistar el mundo.
Demasiadas coincidencias para un rincón tan pequeño del planeta.
Quizá las Islas Afortunadas nunca lo fueron por el clima.
Ni por sus playas.
Ni siquiera por su privilegiada situación geográfica.
Tal vez siempre fueron afortunadas por otra razón mucho más importante.
Porque, de vez en cuando, son capaces de regalarle al mundo personas extraordinarias.








