
Esta mañana me encontré con esta foto.
Y me dio pie a pensar en algo.
Hubo un tiempo en Lanzarote en el que una imagen como esta no necesitaba explicación.
Eran jareas.
Pescado, sal, sol y tiempo.
Y poco más.
Los mayores enseñaban a los jóvenes.
Los jóvenes aprendían mirando.
Y así, sin manual de instrucciones, una tradición conseguía pasar de una generación a la siguiente.
Hoy las cosas son diferentes.
Y está bien que existan controles sanitarios.
Está bien que sepamos más.
Y está todavía mejor que aquello que comemos sea seguro.
El problema empieza cuando confundimos controlar una tradición con acabar haciéndola imposible.
Porque las jareas forman parte de nuestra historia.
Como los camellos.
Como tantas cosas que, vistas desde un despacho, pueden parecer extrañas.
Pero vistas desde Lanzarote tienen todo el sentido del mundo.
No se trata de elegir entre tradición y seguridad.
Se trata de tener suficiente sentido común para conservar las dos.
Porque modernizar una tierra no debería significar borrar lo que fuimos.
El progreso está muy bien.
Siempre que para avanzar no tengamos que olvidarnos de dónde venimos.