
Este año me he fijado en las chefleras de casa.
Las tengo delante todos los días. Y hasta hace unos días no me había parado a mirarlas.
Han florecido.
Unas enormes flores de color encarnado que parecen empeñadas en llamar la atención.
Y lo han conseguido.
Sobre todo con las abejas.
Que para estas cosas son bastante más listas que nosotros.
Llevan días entrando y saliendo.
Sin horarios.
Sin vacaciones.
Haciendo, literalmente, su agosto.
Y mientras las observo pienso que Lanzarote tiene una extraña costumbre.
Le das poca agua.
Le das viento.
Le das sol.
Le das una tierra negra y seca.
Y ella te devuelve fruta, flores y vida.
Quizá el problema es que estamos tan acostumbrados a verlo que ya ni nos sorprende.
Por eso hay que fijarse.
Lanzarote da mucho más de lo que parece.