He tratado de rebobinar la memoria —darle marcha atrás como a una cinta gastada— para ver en qué momento exacto tintinearon por primera vez las monedas en mis manos.
No es fácil: la memoria, como el bolsillo de un pantalón viejo, siempre guarda algo y siempre pierde otra cosa.
Vuelven, nítidas, la media peseta, la peseta, el duro y los cinco duros. No como simples piezas de metal, sino como pequeñas conquistas de la infancia.
Nos las daban los vecinos del pueblo cuando les hacíamos algún mandado. Y nosotros, con la urgencia de quien aún no conoce el mañana, las convertíamos en tesoros efímeros en la tienda de Juan Villalba o en la de Emilia y Gregorio. Caramelos, chicles: la economía exacta de una infancia feliz.
También recuerdo los cinco duros —veinticinco pesetas exactas, que entonces parecían una fortuna— que nos entregaba don Germán, el cura, cada domingo.
Era el salario modesto de nuestra condición de monaguillos tras la misa del mediodía. Con aquello bastaba para encarar la semana con dignidad infantil y alguna que otra chuchería en el bolsillo.
Ahora, mientras las monedas desaparecen silenciosamente, pienso en todo eso.
Primero fue el euro, que borró de un plumazo nombres y costumbres.
Y hoy, casi sin darnos cuenta, el dinero se ha vuelto intangible, una cifra en una pantalla, dócil y vigilada.
Un dinero que ya no suena al caer en la mano, ni pesa en el bolsillo.
Me lo recomendó un viejo amigo, Basilio —de esos que no suelen equivocarse—, y no me queda otra que agradecerle el acierto.
Va de Lanzarote.
Marcial Martín Bermúdez, su autor, reconstruye, con pulso firme y memoria minuciosa, una de esas gestas silenciosas que terminan definiendo un territorio: el nacimiento de los Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote.
No hay épica impostada, sino el relato preciso de cómo, uno a uno, fueron levantándose espacios que hoy son la identidad misma de la isla.
Aquí no hay magia.
Hay decisiones.
Hay visión.
Y hay gente dejándose la piel.
El autor lo cuenta sin adornos innecesarios. Paso a paso. Como se hacen las cosas importantes.
Sale César Manrique, claro. Tenía que salir.
También aparece quien casi nunca sale: Jesús Soto.
Pero, por encima de todos, están los otros: los hombres anónimos que, a base de sudor, piedra y paciencia, levantaron lo que hoy admiramos.
Sin ellos, no habría relato posible.
Si te interesa de verdad cómo se construyen las cosas (las de verdad) tienes que leerlo.
Hay momentos en los que el trabajo bien hecho, el tiempo y la intuición se cruzan en el lugar exacto.
Nuestra cerveza VULCANALOE ha sido elegida entre las 5 finalistas al Premio de Innovación en el Barcelona Beer Festival 2026, el gran escaparate de la cerveza artesana en el sur de Europa.
Lo curioso —o lo hermoso— es que VULCANALOE apenas acaba de nacer.
Unos meses en el mundo y ya se sienta a la mesa de los mayores.
Eso dice mucho.
Dice que cuando hay origen, identidad y oficio, las cosas encuentran su sitio. Aunque sea pronto. Aunque nadie lo espere.
Este fin de semana, en Barcelona, estaremos allí. Con la tranquilidad de saber que lo que hemos hecho tiene sentido.
Ahora toca seguir.
Enhorabuena a todo el equipo de ALOE PLUS LANZAROTE.
No sé por qué, hoy, sin aviso ni motivo aparente, me han vuelto a la memoria mis primeros peluqueros.
Es extraño, porque hace ya muchos años que no piso ni aquellas barberías de antes, ni estas peluquerías modernas.
Y, sin embargo, ahí estaban, uno tras otro, como si hubieran estado aguardando pacientemente en algún rincón de la memoria.
El primero fue Zenón Luzardo, barbero de los de toda la vida, de manos firmes y oficio antiguo. Me subía a un taburete colocado sobre la silla —ingeniería humilde— para poder manejar con soltura el peine y la tijera.
Yo, condenado a la quietud, asistía resignado al despojo de mis rizos, y rara era la vez que no salía de allí entre lágrimas o con un enfado oscuro, como quien ha sufrido una injusticia irreparable.
Luego estaba Juanita Rivera. Costurera y peluquera por vocación o necesidad. Su casa era un híbrido delicioso: mitad salón, mitad sastrería, mitad peluquería.
Me pelaba entre telas, hilos y patrones, y el sonido de las tijeras competía con el de la máquina de coser, en un duelo doméstico de acero contra acero.
Y en la adolescencia apareció Ladislao, el mudo de Haría.
Mudo, sí, pero no por ello callado del todo: hablaba con los ojos, con las manos, con ese gesto torcido que era media conversación.
Era de una inteligencia afilada. No se le escapaba nada, ni un rumor, ni una noticia, ni una traición capilar.
Porque si yo me atrevía a poner mi cabeza en manos de otro, Ladislao no me retiraba la palabra —no podía—, pero me lanzaba una mirada que era puro reproche, una especie de discurso silencioso que dolía más que cualquier regaño.
No sé por qué hoy han regresado todos ellos.
Tal vez la memoria tiene sus propios caprichos, sus deudas pendientes.
Lo cierto es que, al recordarlos, he sentido algo parecido a la gratitud.
Problemas, presión, miedos, responsabilidades… Llámalo cruz, si quieres.
Con el tiempo entiendes algo importante:
No es tanto lo que llevas, sino con quién lo llevas.
Por eso, a largo de la vida te das cuenta de que el verdadero valor está en las personas que aparecen —familia, amigos, compañeros— y que, sin hacer ruido, te ayudan a sostener ese peso.
No te lo quitan, pero lo hacen más llevadero.
No te salvan, pero evitan que caigas.
Y eso marca la diferencia.
Porque ninguna cruz pesa igual cuando no se carga en soledad.
Hoy, durante el almuerzo, reapareció una de esas palabras que uno creía relegadas al fondo del idioma, como viejos útiles guardados en un cajón que nadie abre.
Hablábamos, sin más misterio, de la Semana Santa, cuando alguien soltó, casi sin darse cuenta: “En La Graciosa va a haber un estampío de gente impresionante.”
Y ahí estaba: estampío.
Esa palabra que en Canarias no hace falta explicar pero que, si uno se pone fino, viene a ser una multitud apretada, una aglomeración con alma, no un simple “mucho”, sino un “demasiado” con cuerpo y calor humano.
Bendita palabra.
Lo curioso —o lo preocupante— es comprobar cómo términos así se van perdiendo, erosionados por la costumbre de hablar cada vez más plano, más uniforme, como si el idioma tuviera que someterse a una suerte de disciplina global que todo lo simplifica y lo iguala.
La globalización, ya se sabe, no solo arrastra mercancías: también se lleva palabras por delante.
Mientras escuchaba, no pude evitar sonreír.
Porque “estampío” no es solo gente; es también sonido.
El estampío seco de un volador rompiendo el cielo, el golpe rotundo de una puerta cerrada sin contemplaciones. Palabras que no describen: golpean.
Entre cuchara y cuchara pensé que, a pesar de todo, algo nos queda.
Que, aunque sea entre bambalinas, en conversaciones distraídas y sin pretensión, estas palabras siguen latiendo.
Y al latir, nos devuelven —aunque sea por un instante— a un tiempo en que decirlas era lo más natural del mundo.
El domingo aterrizamos en Barcelona con una idea clara: aprender.
Y sí, aprender aprendimos.
Pero también íbamos con algo bajo el brazo. Nuestro pan. Nuestro trabajo. Nuestra manera de hacer las cosas.
Alimentaria bajó hoy el telón jueves… Dos años hasta la siguiente.
Ya estamos apuntados. Porque hay sitios a los que no se vuelve por costumbre, sino por convicción.
Escuchar a Enrique Tomás —un tendero, como él se define— fue uno de esos momentos que justifican un viaje entero. Gente que ha entendido algo esencial: vender no es despachar, es tener identidad.
Pero lo verdaderamente importante no estaba en él.
Estaba en lo nuestro.
Ernesto. Amigo y compañero. Argentino de nacimiento, canario por adopción y por carácter. Se plantó delante de un auditorio atento —de esos que no regalan nada— y habló.
Y no habló para gustar. Habló para contar.
La cerveza Vulcanaloe.
Cómo se hace, sí. Pero, sobre todo, por qué merece existir. Y cuando alguien explica eso con verdad, no necesita adornos. La gente escucha. Y entiende.
Hay proyectos que nacen débiles y mueren rápido.
Y hay otros que nacen con intención de quedarse.
Este es uno de esos.
Me vuelvo con la sensación clara de que vamos por el buen camino.
Y con algo que no se compra: el orgullo de saber con quién caminas.