Hay premios que no van de medallas. Van de personas.
De manos que llevan toda una vida tocando la tierra. De familias que hacen vino sin hacer ruido. Y de alguien que un día decide que eso… merece un futuro.
Amor López, enóloga lanzaroteña, acaba de recibir el Premio Isabel Mijares como “Nueva Generación”. Pero lo importante no es el título.
Lo importante es lo que hay detrás: una bodega fundada en Tao, en 2021, con una idea muy simple y muy difícil: hacer vino con respeto.
Respeto al territorio volcánico. A lo artesanal. A lo que se ha hecho durante más de medio siglo en su casa.
Y al mismo tiempo, una mirada nueva. Sin postureo. Sin copiar. Vinos de autora. Vinos con identidad.
Que se premie a una mujer joven en un sector así no es casualidad.
Hoy nos dice Tourisnews que un destino turístico como República Dominicana está tomando medidas preventivas contra el nuevo virus Nipah.
Y me viene a la cabeza que, no hace tanto tiempo, el COVID también era un nombre raro, un virus lejano, una cosa de telediario entre mercados húmedos y mapas de Asia.
Aquí, lo mirábamos con esa arrogancia cómoda de quien cree que las tragedias siempre pasan en otro sitio.
Hasta que pasó aquí.
Y conviene recordar un detalle: el primer caso detectado en España fue en Canarias.
Una puerta de entrada natural, por turismo, por conexión, por geografía. No por culpa de nadie. Simplemente porque el mundo es así: abierto, rápido, global.
Hoy se habla del virus Nipah. Otro nombre exótico para algunos. Otro asunto “de lejos”.
Y no, no se trata de anunciar el apocalipsis ni de vivir con miedo. Se trata de algo mucho más simple y mucho más serio: aprender.
La prevención no es pánico. La vigilancia no es paranoia. La salud pública no es un lujo: es una línea de defensa.
Porque las pandemias modernas no llegan con tambores. Llegan en silencio. En un vuelo comercial. En un despiste.
La llamada a la acción es invertir en detección temprana, reforzar la sanidad y apoyar la ciencia.
No porque Nipah esté aún lejos.
Sino porque si algo nos enseñó el COVID es que lo lejano, a veces, tarda poco en volverse cercano.
No hay nada más satisfactorio que comprobar cómo el trabajo bien hecho acaba dando sus frutos.
Hoy nos han informado desde Yaiza de que ya están brotando las primeras flores de la plantación de aloe, sembrada hace apenas seis meses.
Es el resultado del esfuerzo constante del equipo de finca, unido a unas condiciones climáticas especialmente favorables en Lanzarote desde el pasado diciembre.
La primera floración del aloe es una señal clara: la planta ha alcanzado su madurez y entra en su fase reproductiva.
Poca gente sabe que estas flores, por su color y su aroma, atraen a las abejas, que encuentran en ellas alimento y, al mismo tiempo, contribuyen al equilibrio del ecosistema.
Aunque el aloe se reproduce principalmente mediante hijuelos o brotes, la polinización por abejas e insectos sigue siendo fundamental en las poblaciones silvestres.
Criticar: ese verbo tan nuestro, tan bien conjugado y tan poco pensado.
Se critica cuando se hacen las cosas mal, como es natural, pero también cuando se hacen bien, no vaya a ser que alguien destaque sin permiso.
Lo importante no es el motivo, sino el gesto.
Criticar por sistema. No dejar títere con cabeza y, si queda alguno en pie, darle también.
Con o sin razón —detalle menor en estos tiempos— la crítica se ha instalado cómodamente en el discurso cotidiano.
Es un ruido de fondo permanente, una especie de banda sonora nacional que acompaña cualquier iniciativa, por mínima que sea.
Aquí nadie se salva: el que no hace nada, por inútil; y el que hace algo, por sospechoso.
Estos días he asistido, con cierta perplejidad, al linchamiento de un alcalde lanzaroteño por la temeraria osadía de comprar unos décimos de lotería.
Décimos pagados, conviene repetirlo para los despistados, con dinero salido de su propio bolsillo. Y que, en el improbable caso de que la suerte sonriera, se repartirían entre los vecinos del municipio.
Un gesto simple.
Demasiado simple, quizá, para una sociedad que desconfía incluso de los actos gratuitos.
La ocurrencia no es nueva. Pero ha sido ahora cuando el murmullo se ha convertido en aullido, cuando la sospecha ha encontrado su presa y la crítica su excusa.
Porque aquí no se trata de hechos, sino de intenciones, y siempre hay quien está dispuesto a leer segundas, terceras y cuartas intenciones donde apenas hay un gesto.
Para gustos, colores.
Pero la libertad individual de un ciudadano para hacer con su dinero lo que le venga en gana debería estar fuera de toda discusión.
Sin embargo, en esta tierra hasta eso parece intolerable.
Y así seguimos: desconfiando de todo, criticándolo todo, erosionándolo todo.
Luego nos preguntamos por qué no queda nada en pie.