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  • Frangollentos.

    Las palabras tienen vida propia.

    Algunas palabras nos acompañan cada día. Otras duermen en el baúl de los recuerdos, esperando su momento.

    Y cuando ese momento llega… ahí están. Te sorprenden, te sacan una sonrisa, y te llevan de vuelta a otro tiempo. A otras personas. A otra forma de hablar.

    Ayer mismo, una compañera de trabajo me contaba, entre enfadada y resignada, el desastre que le habían dejado unos pintores en su casa: brochazos mal dados, gotas por todo el suelo… un auténtico despropósito.

    Y sin pensarlo, me salió del alma: “Es que son unos frangollentos.”

    Años sin decir esa palabra. Años sin oírla. Pero ahí estaba. Salió sola, certera, como si siempre hubiera estado agazapada en mi lengua, esperando su turno.

    Porque el idioma es así. No elegimos las palabras al azar: la memoria selecciona con puntería. Escoge la mejor. La que lo dice todo. La que encaja como un guante.

    Y frangollento es una de esas. No se limita a describir: sentencia. No explica: deja claro. No se enrolla: te lanza la imagen directa a la cabeza.

    Por eso el lenguaje es poder.

    Porque la palabra justa, en el instante preciso, no solo comunica: abre puertas. Como una llave perfecta en su cerradura.

  • Nizar Tayar Bitar

    Hacía algún tiempo que no lo veía.

    Y cuando por fin me lo encontré, estaba igual que siempre: enamorado de su valle, rodeado de animales y con esa paz de quien sabe que ha encontrado su sitio en el mundo.

    Me habló de sus tomates—«eso sí que son tomates», dijo con el orgullo de quien conoce el sabor de verdad—y de su huerto, su tierra, su paraíso.

    No hace falta que lo diga: es un hombre que pertenece al campo tanto como el campo le pertenece a él.

    No sé exactamente cuándo llegó a Lanzarote, pero da igual. Porque es uno más.

    Porque habla de la isla con la admiración de quien ha decidido adoptarla como propia. Como dijo Saramago: «No es mi tierra, pero es tierra mía».

    Y luego está su cocina. Nizar no cocina, crea.

    No sigue recetas, sino que las reinventa. Y lo hace con una devoción casi sagrada.

    Quizás por eso sigue teniendo fieles que, cada cierto tiempo, necesitan volver. No por costumbre. Por necesidad.

    Porque cuando pruebas su comida, lo entiendes. Y cuando la pierdes, la echas de menos.

    Pero no es solo la comida. Es la sobremesa.

    Porque detrás de ese hombre que parece haber hecho un pacto con la tranquilidad, hay una mente brillante. Es hombre de ciencias y de letras, de los que saben escuchar y hablar cuando toca.

    Llegó de Siria hace una eternidad para estudiar ingeniería en Madrid y terminó en Lanzarote, donde ahora nos regala su cocina y su compañía.

    No sé si lo tenía planeado o si fue el destino el que le puso aquí, pero, a juzgar por cómo habla de esta tierra, uno diría que siempre perteneció a ella.

  • Hay que bendecirlo.

    Hay días en los que todo el esfuerzo se recompensa con creces. Y hoy es uno de esos.

    Nuestra compañera Patricia, desde el centro en Punta Mujeres, nos llamó con una historia que nos llenó de satisfacción.

    Un grupo de turistas checos pasó por allí. Entre ellos, un hombre que volvía por segunda vez, el año pasado nos visitó y compró una botella de jugo de aloe vera. La quería para sus problemas renales. Hasta ahí, nada fuera de lo común.

    Lo extraordinario vino después.

    El señor estaba en diálisis. Sus análisis eran un desastre. Su médico le dijo que el jugo de aloe no cambiaría nada. Pero él, por si acaso, decidió probarlo.

    Un mes después, repitió los análisis.

    Boom.

    Los niveles de potasio, creatinina, fósforo y urea bajaron. No lo decimos nosotros. Lo confirmaron sus médicos.

    Estos días, como nos cuenta Patricia, ha vuelto a Punta Mujeres. Esta vez con sus resultados en la mano, vino con la analítica, y con un objetivo claro: llevarse otra botella de jugo. Porque ahora, con el visto bueno de los médicos, sigue tomándolo.

    Esto no es magia. Cuando algo funciona, se nota.

    Por eso, no podíamos dejar de compartirlo. Porque cuando un producto cumple, cuando hay pruebas, cuando los resultados hablan por sí solos…

    Hay que bendecirlo.

  • Juntos, somos mar.

    Nadie llega lejos en solitario. Por valiente, inteligente o audaz que sea, siempre necesitará a otros a su lado.

    A lo largo de la historia, las grandes victorias no han sido obra de un solo individuo, sino de equipos que han sabido remar juntos. Y remar bien.

    Por eso, hemos puesto en marcha jornadas de dinámicas de grupo, dedicadas a lo que realmente importa: fortalecer la cooperación, la interacción y el liderazgo en cada uno de nosotros.

    Porque cuando un equipo crece, todo el proyecto se transforma.

    La respuesta ha sido increíble: participación activa, ganas de sumar y una energía que inspira.

    Esto no es solo una iniciativa, es el reflejo de algo mucho más grande: una mentalidad de crecimiento compartido.

    Lo dijo Ryunosuke Satoro, y hoy lo hacemos nuestro:
    «Individualmente, somos una gota. Juntos, somos el mar».

    Gracias por ser parte de la tripulación.

    Seguimos navegando.

  • Ole, ole y ole.

    ​No es fácil encontrar gente que haga las cosas bien. La mayoría cumple con lo justo, sin complicarse.

    Tenemos la suerte de contar con un equipo que no solo trabaja: entiende lo que hace y por qué lo hace.

    El otro día pasé por una de nuestras tiendas. Me gusta hacerlo de vez en cuando, tocarle el pulso a la empresa y, sobre todo, hablar con el equipo.

    Porque un negocio no es solo números y productos: es la gente que lo saca adelante.

    Nada más entrar, vi a una compañera atendiendo a unos clientes británicos. No solo les vendía algo. Les contaba, con convicción y buen hacer, que aquí no ofrecemos simples productos de aloe, sino salud, bienestar y felicidad. Olé, olé y olé.

    Cuando los clientes terminaron su compra, la felicité.

    Lleva poco tiempo con nosotros, pero ya ha comprendido algo fundamental: esta empresa no se construye vendiendo cosas, sino transmitiendo experiencias.

    Y entonces me vino a la cabeza aquella vieja historia.

    La de un clérigo que visitaba la obra de una catedral y preguntó a dos trabajadores qué estaban haciendo.

    Uno respondió sin levantar la vista: “Colocando ladrillos”. El otro, en cambio, miró al cielo y dijo: “Estoy construyendo una catedral”.​ Ole, ole y ole.

    Esa es la diferencia entre los que cumplen y los que dejan huella.

  • Un misterio.

    No deja de tener su gracia. Han pasado más de cinco siglos desde que Fernando e Isabel comprendieron algo que hoy muchos siguen sin entender: Canarias no es un territorio cualquiera.

    Lo reconocieron un 20 de enero de 1487, y aquel gesto, con sus matices y adaptaciones, ha llegado hasta nuestros días.

    Fueron los Reyes Católicos quienes primero asumieron que este pedazo del mundo necesitaba un trato diferenciado. Porque no era lo mismo. Porque nunca lo ha sido. Y aunque los tiempos han cambiado, la esencia del problema sigue intacta.

    Canarias cuenta con una herramienta clave para su desarrollo económico: el Régimen Económico y Fiscal de Canarias (REF). Sus raíces se hunden en la Provisión Real de Gran Canaria, firmada por los monarcas hace exactamente 548 años. Sin embargo, como suele ocurrir, muchos aún ignoran qué es, para qué sirve y por qué es crucial para el futuro del archipiélago.

    Por suerte, algo empieza a moverse.

    Desde hace poco más de un año, el Gobierno Autonómico ha puesto en marcha un Comisionado para la defensa del REF, encabezado por alguien que, al menos, tiene claro de qué va esto: José Ramón Barrera.

    Ayer tuve la oportunidad de escucharlo en el Castillo de San José. Habla sin rodeos, sin miedo y con la claridad de quien sabe lo que dice. Tiene una visión definida y la expresa con una contundencia difícil de rebatir.

    Si le dejan hacer su trabajo, no solo conseguirá que entendamos la importancia del REF, sino que lo transformará en una auténtica palanca de crecimiento para Canarias.

    Asegura que no es político. Y lo dice con una convicción que te hace creerle.

    Ánimo. Falta hará.

  • Y tú de qué lado estás.

    Un estudio —de esos que solo confirman lo evidente— dice que en España la polarización ha aumentado un 35% en los últimos cinco años. Vaya sorpresa.

    Vivimos en una época donde la razón ha sido reemplazada por la consigna. O eres de los buenos o de los malos. Progresista o reaccionario. Ilustrado o demagogo. No hay matices, no hay dudas, no hay espacio para el pensamiento crítico.

    No existe una carretera intermedia ni un refugio seguro. Un día eres un referente intelectual; al siguiente, enemigo público número uno.

    El gris ha muerto. Solo queda el blanco o el negro. Estás con nosotros o contra nosotros. Héroe o villano.

    Es el signo de los tiempos.

    Pero lo peor no es la histeria colectiva. Es la ausencia de alguien con el coraje suficiente para frenarla.

    No veo en el horizonte a nadie dispuesto a encaminar esta sociedad hacia la sensatez. Tal vez porque la sensatez ya no interesa.

    Lo que vende es el ruido.

    Pero aquí va una verdad incómoda: la realidad no funciona así. Ni la vida, ni los negocios, ni el progreso han sido jamás cuestión de trincheras. Siempre han dependido del equilibrio, de la adaptabilidad, de la capacidad de leer el contexto.

    Y, sin embargo, seguimos jugando a los bandos.

    Como si tener razón fuera más importante que entendernos.

  • Referentes


    El viernes pasado, en un acto cargado de emoción, el Cabildo de Lanzarote rindió homenaje a ocho mujeres excepcionales con un galardón que no podía llevar mejor nombre: Referentes.

    Desde aquí, mi enhorabuena para todas ellas.

    Entre las premiadas, hubo un nombre que me tocó el corazón de manera especial: Inés Rojas de León.

    La admiro profundamente. Y no es una admiración de ahora, sino de hace más de 20 años.

    Durante 12 de ellos, tuve el privilegio de formar parte de su equipo. Fueron años intensos, de trabajo codo a codo, en los que descubrí a una mujer con una vocación de servicio público que roza lo sobrehumano.

    Inés no sabe lo que es rendirse. Nunca lo ha sabido.

    Desde pequeña, aprendió a remar contra la corriente. Porque lo fácil nunca ha sido su camino.

    Verla ayer recibiendo ese premio fue una alegría inmensa.

    Porque este reconocimiento no es solo un título, es un reflejo de lo que es: un faro en una isla que necesita más mujeres y hombres con la valentía de “arremangarse” y pelear por un futuro que, sin duda, va a exigir lo mejor de nosotros.

    Felicidades, Inés. Felicidades, Referentes. Qué orgullo.

  • Resistentes y auténticos

    Hace unos días asistí a un desayuno moderno en el Palacio Ico de Teguise. Ya sabes, esos que empiezan a media mañana, terminan cuando a nadie le queda hambre y que los modernos insisten en llamar brunch—porque todo suena mejor con un nombre cool.

    Más allá del nombre, la experiencia fue espectacular. Ubicación inmejorable, atención impecable y un entorno que es puro valor añadido.

    El Palacio Ico no es solo un edificio con historia, es una joya arquitectónica con siglos sobre sus muros. 

    Es un ejemplo claro de cómo restaurar, respetar y potenciar el patrimonio sin perder rentabilidad. 

    Un modelo de lo que deberíamos hacer más en esta isla: apostar por la calidad, no por la cantidad.

    Su patio es una joya. Un espacio que conecta con nuestras raíces, con esa esencia que no se puede comprar ni replicar. 

    Y allí, entre el blanco de las paredes y la calidez de la piedra, me encontré con dos aloes. Resistentes, auténticos. 

    Como el propio palacio, llevan ahí siempre. No necesitan marketing ni explicaciones. Son prueba de que lo que realmente vale, perdura.

  • Me lo apunta.

    No sé qué tienen estos primeros días de marzo (supongo que la lluvia), pero me ha puesto nostálgico.

    El otro día vi una fotografía de un comercio de los de antes, de esos que huelen a aceite y vinagre, y me vino a la cabeza una expresión que lo decía todo: «Me lo apunta.»

    Tres palabras que eran mucho más que un aval. Eran un sello de confianza.

    Una garantía de cobro sin letra pequeña ni abogados de por medio. Nada que ver con lo de ahora.

    Recuerdo perfectamente aquellos años en los que hacer los mandados de la casa era casi un rito.

    Salía sin un duro y, al final de la lista, decía con la naturalidad de quien invoca una ley inmutable: «Dice mi madre que se lo apunte.»

    Y se apuntaba. 

    Sin preguntas, sin miradas desconfiadas, sin letra pequeña. Porque la confianza era capital social, y en mi pueblo, la gente lo entendía bien.

    Había media docena de tiendas, y ninguna dudaba en fiar. No porque fueran ingenuos, sino porque en un pueblo, el valor más importante no era el dinero, sino la palabra. 

    Porque la gente confiaba en la gente. Y eso, créame, valía más que cualquier tarjeta de crédito.