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  • Chinij@s

    Cuando a primera hora de la mañana se te planta delante un grupo de escolares con más curiosidad que años, sabes que el día va a ser bueno.

    Muy bueno.

    Preguntan, tocan, se ríen, se asombran. Y lo mejor de todo: escuchan.

    Se empapan de lo que les contamos, se quedan con lo que ven y se lo llevan puesto en forma de anécdotas que esta tarde soltarán en casa como si fueran expertos en aloe.

    Hoy nos han visitado en el Museo del Aloe en Arrieta.

    Y gracias a nuestra compañera Sheila, no ha sido una visita más. Ha sido una experiencia que seguro no van a olvidar. Ni ellos… ni nosotros.

    Porque compartir lo que sabemos con los más pequeños es un lujo.

    Concienciarlos sobre el valor de lo nuestro, más aún.

    Y plantar en ellos la semilla de la sostenibilidad, eso ya no tiene precio.

    Hoy terminamos el día con una sonrisa tonta y el corazón un poquito más lleno.

    Gracias, chinij@s.

  • Equipos.

    Hay proyectos que nacen despacio, como se forjan las cosas que merecen la pena.

    Con paciencia, con oficio y con la certeza de que trabajar bien requiere tiempo.

    Hoy se ha hecho realidad uno de esos proyectos: una alianza entre Salinas de Janubio y Aloe Plus Lanzarote .

    Dos empresas que han unido fuerzas, saberes y voluntades.

    Han sido meses de trabajo callado, de reuniones, de ajustes, de empeño sin aspavientos. Dos equipos distintos —sí—, pero con una misma brújula: sumar. Crear algo que no sólo funcione, sino que inspire.

    Una colaboración empresarial que no se queda en lo comercial, sino que apunta más alto: demostrar que en esta tierra, la unión también hace la fuerza.

    Admiramos, y no es palabra menor, la labor de la familia Padrón Lleó en la recuperación de un patrimonio que es natural, cultural y emocional.

    Las salinas no es solo un paisaje: es memoria, es identidad.

    Que hayan confiado en nosotros para compartir esta travesía nos honra.

    Salvbio es el nombre de esta alianza. Es sal y es aloe.

    Pero también es experiencia, carácter y pasión.

    Como lo son las empresas que lo hacen posible.

  • Creatividad.



    Ayer lunes, en la Bodega El Grifo —donde el vino huele a siglos y las palabras a verdad—, el comunicador y publicista vasco Guille Viglione, nos recordó que la inspiración, cuando es de verdad, no se grita: se muestra.

    Nos hablaba de creatividad. Pero no de la que se estudia en libros o se planifica en una pizarra. Hablaba de la que nace de la necesidad. De esa que no pide permiso.

    Y ahí apareció la imagen. El Mojón (Lanzarote, años 50).

    Una madre, Segunda Pérez Concepción, ayudando a su cuarto hijo a alimentarse del ubre de una cabra.

    Una fotografía de 1958 que hoy decora paredes en Lanzarote, no por bonita, sino por verdadera.

    Eso no es marketing.

    Eso no es estética.

    Eso es supervivencia.

    Y de ahí nace todo lo que vale la pena.

    Porque cuando no hay medios, hay que tener agallas. Y eso, al final, es la mejor definición de creatividad que conozco.

  • Frangollentos.

    Las palabras tienen vida propia.

    Algunas palabras nos acompañan cada día. Otras duermen en el baúl de los recuerdos, esperando su momento.

    Y cuando ese momento llega… ahí están. Te sorprenden, te sacan una sonrisa, y te llevan de vuelta a otro tiempo. A otras personas. A otra forma de hablar.

    Ayer mismo, una compañera de trabajo me contaba, entre enfadada y resignada, el desastre que le habían dejado unos pintores en su casa: brochazos mal dados, gotas por todo el suelo… un auténtico despropósito.

    Y sin pensarlo, me salió del alma: “Es que son unos frangollentos.”

    Años sin decir esa palabra. Años sin oírla. Pero ahí estaba. Salió sola, certera, como si siempre hubiera estado agazapada en mi lengua, esperando su turno.

    Porque el idioma es así. No elegimos las palabras al azar: la memoria selecciona con puntería. Escoge la mejor. La que lo dice todo. La que encaja como un guante.

    Y frangollento es una de esas. No se limita a describir: sentencia. No explica: deja claro. No se enrolla: te lanza la imagen directa a la cabeza.

    Por eso el lenguaje es poder.

    Porque la palabra justa, en el instante preciso, no solo comunica: abre puertas. Como una llave perfecta en su cerradura.

  • Nizar Tayar Bitar

    Hacía algún tiempo que no lo veía.

    Y cuando por fin me lo encontré, estaba igual que siempre: enamorado de su valle, rodeado de animales y con esa paz de quien sabe que ha encontrado su sitio en el mundo.

    Me habló de sus tomates—«eso sí que son tomates», dijo con el orgullo de quien conoce el sabor de verdad—y de su huerto, su tierra, su paraíso.

    No hace falta que lo diga: es un hombre que pertenece al campo tanto como el campo le pertenece a él.

    No sé exactamente cuándo llegó a Lanzarote, pero da igual. Porque es uno más.

    Porque habla de la isla con la admiración de quien ha decidido adoptarla como propia. Como dijo Saramago: «No es mi tierra, pero es tierra mía».

    Y luego está su cocina. Nizar no cocina, crea.

    No sigue recetas, sino que las reinventa. Y lo hace con una devoción casi sagrada.

    Quizás por eso sigue teniendo fieles que, cada cierto tiempo, necesitan volver. No por costumbre. Por necesidad.

    Porque cuando pruebas su comida, lo entiendes. Y cuando la pierdes, la echas de menos.

    Pero no es solo la comida. Es la sobremesa.

    Porque detrás de ese hombre que parece haber hecho un pacto con la tranquilidad, hay una mente brillante. Es hombre de ciencias y de letras, de los que saben escuchar y hablar cuando toca.

    Llegó de Siria hace una eternidad para estudiar ingeniería en Madrid y terminó en Lanzarote, donde ahora nos regala su cocina y su compañía.

    No sé si lo tenía planeado o si fue el destino el que le puso aquí, pero, a juzgar por cómo habla de esta tierra, uno diría que siempre perteneció a ella.

  • Hay que bendecirlo.

    Hay días en los que todo el esfuerzo se recompensa con creces. Y hoy es uno de esos.

    Nuestra compañera Patricia, desde el centro en Punta Mujeres, nos llamó con una historia que nos llenó de satisfacción.

    Un grupo de turistas checos pasó por allí. Entre ellos, un hombre que volvía por segunda vez, el año pasado nos visitó y compró una botella de jugo de aloe vera. La quería para sus problemas renales. Hasta ahí, nada fuera de lo común.

    Lo extraordinario vino después.

    El señor estaba en diálisis. Sus análisis eran un desastre. Su médico le dijo que el jugo de aloe no cambiaría nada. Pero él, por si acaso, decidió probarlo.

    Un mes después, repitió los análisis.

    Boom.

    Los niveles de potasio, creatinina, fósforo y urea bajaron. No lo decimos nosotros. Lo confirmaron sus médicos.

    Estos días, como nos cuenta Patricia, ha vuelto a Punta Mujeres. Esta vez con sus resultados en la mano, vino con la analítica, y con un objetivo claro: llevarse otra botella de jugo. Porque ahora, con el visto bueno de los médicos, sigue tomándolo.

    Esto no es magia. Cuando algo funciona, se nota.

    Por eso, no podíamos dejar de compartirlo. Porque cuando un producto cumple, cuando hay pruebas, cuando los resultados hablan por sí solos…

    Hay que bendecirlo.

  • Juntos, somos mar.

    Nadie llega lejos en solitario. Por valiente, inteligente o audaz que sea, siempre necesitará a otros a su lado.

    A lo largo de la historia, las grandes victorias no han sido obra de un solo individuo, sino de equipos que han sabido remar juntos. Y remar bien.

    Por eso, hemos puesto en marcha jornadas de dinámicas de grupo, dedicadas a lo que realmente importa: fortalecer la cooperación, la interacción y el liderazgo en cada uno de nosotros.

    Porque cuando un equipo crece, todo el proyecto se transforma.

    La respuesta ha sido increíble: participación activa, ganas de sumar y una energía que inspira.

    Esto no es solo una iniciativa, es el reflejo de algo mucho más grande: una mentalidad de crecimiento compartido.

    Lo dijo Ryunosuke Satoro, y hoy lo hacemos nuestro:
    «Individualmente, somos una gota. Juntos, somos el mar».

    Gracias por ser parte de la tripulación.

    Seguimos navegando.

  • Ole, ole y ole.

    ​No es fácil encontrar gente que haga las cosas bien. La mayoría cumple con lo justo, sin complicarse.

    Tenemos la suerte de contar con un equipo que no solo trabaja: entiende lo que hace y por qué lo hace.

    El otro día pasé por una de nuestras tiendas. Me gusta hacerlo de vez en cuando, tocarle el pulso a la empresa y, sobre todo, hablar con el equipo.

    Porque un negocio no es solo números y productos: es la gente que lo saca adelante.

    Nada más entrar, vi a una compañera atendiendo a unos clientes británicos. No solo les vendía algo. Les contaba, con convicción y buen hacer, que aquí no ofrecemos simples productos de aloe, sino salud, bienestar y felicidad. Olé, olé y olé.

    Cuando los clientes terminaron su compra, la felicité.

    Lleva poco tiempo con nosotros, pero ya ha comprendido algo fundamental: esta empresa no se construye vendiendo cosas, sino transmitiendo experiencias.

    Y entonces me vino a la cabeza aquella vieja historia.

    La de un clérigo que visitaba la obra de una catedral y preguntó a dos trabajadores qué estaban haciendo.

    Uno respondió sin levantar la vista: “Colocando ladrillos”. El otro, en cambio, miró al cielo y dijo: “Estoy construyendo una catedral”.​ Ole, ole y ole.

    Esa es la diferencia entre los que cumplen y los que dejan huella.

  • Un misterio.

    No deja de tener su gracia. Han pasado más de cinco siglos desde que Fernando e Isabel comprendieron algo que hoy muchos siguen sin entender: Canarias no es un territorio cualquiera.

    Lo reconocieron un 20 de enero de 1487, y aquel gesto, con sus matices y adaptaciones, ha llegado hasta nuestros días.

    Fueron los Reyes Católicos quienes primero asumieron que este pedazo del mundo necesitaba un trato diferenciado. Porque no era lo mismo. Porque nunca lo ha sido. Y aunque los tiempos han cambiado, la esencia del problema sigue intacta.

    Canarias cuenta con una herramienta clave para su desarrollo económico: el Régimen Económico y Fiscal de Canarias (REF). Sus raíces se hunden en la Provisión Real de Gran Canaria, firmada por los monarcas hace exactamente 548 años. Sin embargo, como suele ocurrir, muchos aún ignoran qué es, para qué sirve y por qué es crucial para el futuro del archipiélago.

    Por suerte, algo empieza a moverse.

    Desde hace poco más de un año, el Gobierno Autonómico ha puesto en marcha un Comisionado para la defensa del REF, encabezado por alguien que, al menos, tiene claro de qué va esto: José Ramón Barrera.

    Ayer tuve la oportunidad de escucharlo en el Castillo de San José. Habla sin rodeos, sin miedo y con la claridad de quien sabe lo que dice. Tiene una visión definida y la expresa con una contundencia difícil de rebatir.

    Si le dejan hacer su trabajo, no solo conseguirá que entendamos la importancia del REF, sino que lo transformará en una auténtica palanca de crecimiento para Canarias.

    Asegura que no es político. Y lo dice con una convicción que te hace creerle.

    Ánimo. Falta hará.

  • Y tú de qué lado estás.

    Un estudio —de esos que solo confirman lo evidente— dice que en España la polarización ha aumentado un 35% en los últimos cinco años. Vaya sorpresa.

    Vivimos en una época donde la razón ha sido reemplazada por la consigna. O eres de los buenos o de los malos. Progresista o reaccionario. Ilustrado o demagogo. No hay matices, no hay dudas, no hay espacio para el pensamiento crítico.

    No existe una carretera intermedia ni un refugio seguro. Un día eres un referente intelectual; al siguiente, enemigo público número uno.

    El gris ha muerto. Solo queda el blanco o el negro. Estás con nosotros o contra nosotros. Héroe o villano.

    Es el signo de los tiempos.

    Pero lo peor no es la histeria colectiva. Es la ausencia de alguien con el coraje suficiente para frenarla.

    No veo en el horizonte a nadie dispuesto a encaminar esta sociedad hacia la sensatez. Tal vez porque la sensatez ya no interesa.

    Lo que vende es el ruido.

    Pero aquí va una verdad incómoda: la realidad no funciona así. Ni la vida, ni los negocios, ni el progreso han sido jamás cuestión de trincheras. Siempre han dependido del equilibrio, de la adaptabilidad, de la capacidad de leer el contexto.

    Y, sin embargo, seguimos jugando a los bandos.

    Como si tener razón fuera más importante que entendernos.