
Montar una empresa tiene mucho de ilusión.
Y también un punto de inconsciencia.
Porque, si supiéramos de antemano todo lo que nos espera, probablemente muchos nunca daríamos el primer paso.
Nosotros lo dimos en 2007.
Justo antes de que estallara una de las mayores crisis económicas que hemos vivido.
Si alguien nos hubiera enseñado entonces lo que venía, seguramente nos habría recomendado esperar.
Por suerte, nadie pudo hacerlo.
Empezamos con más ganas que experiencia.
Y aprendimos como aprenden la mayoría de los emprendedores: equivocándonos. Acertando unas veces, fallando muchas otras y entendiendo que cada error, aunque duela, también enseña.
Con el tiempo descubrí que emprender no consiste en tener siempre la razón.
Consiste en levantarse una vez más de las que uno se cae.
Por eso me alegra comprobar que hoy quienes deciden poner en marcha una idea cuentan con más apoyo del que tuvimos muchos cuando empezamos.
La Incubadora de Empresas y el Programa Impulsa Startup, impulsados por la Cámara de Comercio de Lanzarote y La Graciosa, son una magnífica muestra de ello.
Porque detrás de cada empresa que hoy genera empleo, riqueza y oportunidades, hubo un día alguien con una idea, muchas dudas y el valor suficiente para intentarlo.
Mi enhorabuena a la Cámara de Comercio de Lanzarote y La Graciosa por acompañar a quienes deciden construir su propio camino.
Porque el futuro no lo cambian quienes esperan que las cosas sucedan.
Lo cambian quienes se atreven a hacer que sucedan.








