Inicios.

Hay una ingenuidad hermosa en quien decide montar una empresa.

No la ingenuidad del ignorante, sino la de quien, aun sabiendo que el camino será difícil, acepta recorrerlo.

Nosotros dimos ese paso en 2007.

Lo hicimos justo antes de que estallara una de las mayores crisis económicas de nuestro tiempo. Si alguien hubiera podido asomarse al futuro, probablemente nos habría aconsejado esperar.

Por suerte, no lo hizo.

Empezamos con más voluntad que certezas.

Y aprendimos como se aprendía antes: equivocándonos. Pagando cada error de nuestro bolsillo y celebrando cada pequeño acierto como si fuera una conquista.

Con el tiempo comprendí que emprender no consiste en acertar siempre.

Consiste en seguir en pie cuando otros abandonan.

Por eso me alegra comprobar que hoy quienes deciden emprender no tienen por qué hacerlo tan solos como hace veinte años.

La incubadora de Empresas y el Programa Impulsa Startup, de la Cámara de Comercio de Lanzarote y La Graciosa, son un buen ejemplo de que también las instituciones pueden desempeñar un papel útil cuando entienden que su misión no es poner obstáculos, sino abrir caminos.

Porque un país no progresa gracias a quienes esperan que alguien resuelva sus problemas.

Progresa gracias a quienes un día aceptan el riesgo de intentar resolverlos por sí mismos.