Venezuela.

​La madrugada siempre me ha provocado una extraña inquietud. No sé si es la oscuridad o el silencio. Quizá ambas cosas.

En esas horas, cuando el mundo parece haberse rendido al sueño, cualquier ruido, por insignificante que sea, adquiere una dimensión distinta y despierta una incertidumbre difícil de explicar.

Son las horas en las que bajamos la guardia.

El bullicio del día desaparece, las defensas se relajan y quedamos a merced de nuestros pensamientos.

También son las horas de los fantasmas —los reales y los imaginarios—, de quienes se esconden de la luz y de quienes prefieren actuar cuando nadie mira.

Fue precisamente en la madrugada de hoy cuando un violento fantasma sacudió Venezuela.

Mientras millones de personas dormían, la tierra decidió recordar su fuerza. Caracas y La Guaira temblaron sin previo aviso.

No fue un mal sueño. Fue una de esas pesadillas que dejan el cuerpo encogido y el alma en vilo.

Para los canarios, Venezuela nunca ha sido un país cualquiera al otro lado del Atlántico.

Ha sido una tierra hermana, generosa, que abrió sus brazos cuando miles de isleños cruzaron el océano buscando un futuro mejor.

Allí encontraron trabajo, dignidad y la oportunidad de empezar de nuevo.

La memoria también crea familia.

Por eso hoy el dolor de Venezuela también nos duele.

Hoy nuestro abrazo cruza el Atlántico.

Y llega, con todo el cariño del mundo, a Venezuela y a su gente.