Guayaberas.

Desde hace unos años me gusta ponerme guayabera.

No porque estén de moda.

Precisamente por lo contrario.

La guayabera llegó a Canarias en los baúles de los indianos que regresaban de Cuba. 

No solo trajeron dinero. 

Trajeron otra forma de hablar, de vivir y de entender el mundo.

También trajeron una camisa que, con el tiempo, terminó convirtiéndose en un pequeño símbolo de todo aquello.

La primera guayabera que recuerdo se la ví a Zenón Luzardo, el barbero de Máguez. Yo era apenas un chinijo, pero aún puedo verlo detrás de su sillón, con aquella camisa en la que guardaba peines, tijeras, cepillo… 

También recuerdo a Tobías Perdomo, en Haría. Solía vestir una guayabera azul mientras escuchaba a quienes acudían a buscar consejo. No tenía el título de notario, pero ejercía como uno de esos hombres cuya palabra valía más que muchos documentos. 

En los pueblos siempre existieron personas así.  Y, curiosamente, vestían guayabera.

Dicen que esta camisa nació en los campos de Cuba, cuando los campesinos pidieron coser grandes bolsillos para guardar las guayabas durante la cosecha. 

Sea cierta o no la historia, refleja bien el origen humilde de una prenda que, con el paso del tiempo, terminó sustituyendo al traje y la corbata en actos oficiales y bodas.  

Eso ocurre con las cosas auténticas.

Por eso sigo poniéndome una guayabera de vez en cuando.

Porque algunas prendas no sirven para vestir el cuerpo.

Sirven para no desvestir la memoria.