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  • Sembrar.


    No es magia. Es trabajo. Constancia. Ganas.

    Y sí, ese dicho de que hay que sembrar… es más verdad que un templo.

    Ayer recibimos, en el Cabildo, las certificaciones que reconocen nuestro compromiso con la calidad turística en Lanzarote.

    No es casualidad. Llevamos años sembrando, apostando por la excelencia y exigiéndonos lo mejor.

    Desde que abrimos nuestras puertas, nos subimos al barco del SICTED (Sistema Integral de Calidad Turística Española en Destinos).

    Hoy, Lanzarote cuenta con 92 establecimientos y servicios turísticos distinguidos. ¿La buena noticia? 11 de ellos son nuestros.

    Eso nos enorgullece, pero también nos responsabiliza.

    Porque detrás de cada reconocimiento hay personas. Equipos.

    Profesionales que entienden que no basta con abrir la puerta de una tienda o un museo: hay que ofrecer una experiencia.

    Decía la Madre Teresa de Calcuta: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.”

    Nos la tatuamos. Porque así lo sentimos.

    Gracias a todo el equipo. Seguimos sembrando.

  • Indignada.

    Esta mañana ​llegó a mi despacho, una compañera con cara de pocos amigos. 

    Se le notaba el enfado en los ojos, en los hombros, incluso en la forma de cerrar la puerta.

    No hizo falta que dijera nada: ​estaba encendida por dentro.
    Venía de la Calle Real, de hacer unas gestiones para la empresa.

    Llegó tan acelerada, tan cargada de ganas de soltar lo que llevaba dentro, que se dejó el móvil olvidado en la cafetería.

    Me dijo que nos habían criticado. Que ​estaban hablaban mal de la empresa. 

    Y siguió enumerando un sinfín de comentarios falsos, malintencionados y completamente alejados de la realidad​, que había escuchado en la cafetería.

    Vamos, el menú degustación del que no tiene ni idea, pero sí mucho tiempo libre.

    La dejé desahogarse. Luego la invité a sentarse y le pedí que respirara. 

    Le dije algo que tengo muy claro desde hace años: el éxito tiene un precio.

    Y uno de ellos es la exposición. Cuando haces las cosas bien, cuando avanzas, cuando destacas… te conviertes en tema de conversación. Y no siempre para bien.

    Vivimos en una sociedad que se apresura a criticar y tarda una eternidad en reconocer el mérito ajeno.

    Y le recordé algo que nuestros colaboradores no pueden olvidar:

    El aloe, además de calmar la piel, también nos enseña a calmar el ego.

    Lejos de afectarnos, estos comentarios deben servir​ para reforzar lo que somos, con humildad y paciencia.

    Porque al final: cuando alguien nos critica sin conocernos, está hablando mucho más de sí mismo que de nosotros.

  • Que no te lo roben.

    Abril ha llegado. Y no viene solo.

    Trae bajo el brazo la primavera, ganas de estrenar vida y una sacudida en el calendario que nos grita: despierta, que esto va en serio.

    Hace dos cafés estábamos brindando por el año nuevo y llenándonos la boca de polvorones.

    Y​,  en un abrir y cerrar de ojos, ya vamos camino de la mitad del año. ​

    El tiempo no se detiene. Corre.

    Y muchas veces, lo hace tan rápido que se nos olvida mirar lo que realmente importa: lo que tenemos… y a quién tenemos

    Ayer, coincidiendo con el primer día del mes, más de una emisora rescató una canción mítica de Joaquín Sabina: ¿Quién me ha robado el mes de abril? 

    ​Una letra que, curiosamente, va a contracorriente del espíritu de este mes.

    Pero también nos lanza una advertencia: no dejes que te lo roben. Ni el mes. Ni el tiempo. Ni la vida.

    Que no te pase lo que canta Sabina.

    No llegues a mayo preguntándote dónde estabas mientras la vida pasaba en el mes de abril.

  • Lentejas.

    De niño, ver lentejas en el plato era sinónimo de tragedia.

    No entendías por qué alguien en su sano juicio querría comerse eso.


    Pataletas, lágrimas, amenazas de huelga de hambre… daba igual. Nadie iba a cambiarte las lentejas por papas fritas con huevo.

    Entonces venía la explicación: “Son buenas para el hierro” —decían— como si a un niño de seis años le importaran las vitaminas.

    Y, por si aún te quedaban dudas, ahí estaba tu madre, líder absoluta del hogar, firme como un regimiento de infantería en retirada, dictando la sentencia inapelable:

    —Si las quieres, las tomas. Y si no, las dejas.

    Pero el subtexto era claro: las tomas. Porque lo de dejarlas nunca fue una opción.

    Con los años, lo que antes despreciabas, hoy lo valoras como un tesoro. Descubres el peso real de lo que parecía insignificante.

    Y sin darte cuenta, un día estás en la cocina, preparando un potaje de lentejas.

    Te gusta. Te reconecta con tus raíces. Te recuerda quién eres y de dónde vienes.

    Las lentejas —como tantas cosas en la vida— solo se valoran cuando entiendes lo difícil que es tenerlas en la despensa.


  • Chinij@s

    Cuando a primera hora de la mañana se te planta delante un grupo de escolares con más curiosidad que años, sabes que el día va a ser bueno.

    Muy bueno.

    Preguntan, tocan, se ríen, se asombran. Y lo mejor de todo: escuchan.

    Se empapan de lo que les contamos, se quedan con lo que ven y se lo llevan puesto en forma de anécdotas que esta tarde soltarán en casa como si fueran expertos en aloe.

    Hoy nos han visitado en el Museo del Aloe en Arrieta.

    Y gracias a nuestra compañera Sheila, no ha sido una visita más. Ha sido una experiencia que seguro no van a olvidar. Ni ellos… ni nosotros.

    Porque compartir lo que sabemos con los más pequeños es un lujo.

    Concienciarlos sobre el valor de lo nuestro, más aún.

    Y plantar en ellos la semilla de la sostenibilidad, eso ya no tiene precio.

    Hoy terminamos el día con una sonrisa tonta y el corazón un poquito más lleno.

    Gracias, chinij@s.

  • Equipos.

    Hay proyectos que nacen despacio, como se forjan las cosas que merecen la pena.

    Con paciencia, con oficio y con la certeza de que trabajar bien requiere tiempo.

    Hoy se ha hecho realidad uno de esos proyectos: una alianza entre Salinas de Janubio y Aloe Plus Lanzarote .

    Dos empresas que han unido fuerzas, saberes y voluntades.

    Han sido meses de trabajo callado, de reuniones, de ajustes, de empeño sin aspavientos. Dos equipos distintos —sí—, pero con una misma brújula: sumar. Crear algo que no sólo funcione, sino que inspire.

    Una colaboración empresarial que no se queda en lo comercial, sino que apunta más alto: demostrar que en esta tierra, la unión también hace la fuerza.

    Admiramos, y no es palabra menor, la labor de la familia Padrón Lleó en la recuperación de un patrimonio que es natural, cultural y emocional.

    Las salinas no es solo un paisaje: es memoria, es identidad.

    Que hayan confiado en nosotros para compartir esta travesía nos honra.

    Salvbio es el nombre de esta alianza. Es sal y es aloe.

    Pero también es experiencia, carácter y pasión.

    Como lo son las empresas que lo hacen posible.

  • Creatividad.



    Ayer lunes, en la Bodega El Grifo —donde el vino huele a siglos y las palabras a verdad—, el comunicador y publicista vasco Guille Viglione, nos recordó que la inspiración, cuando es de verdad, no se grita: se muestra.

    Nos hablaba de creatividad. Pero no de la que se estudia en libros o se planifica en una pizarra. Hablaba de la que nace de la necesidad. De esa que no pide permiso.

    Y ahí apareció la imagen. El Mojón (Lanzarote, años 50).

    Una madre, Segunda Pérez Concepción, ayudando a su cuarto hijo a alimentarse del ubre de una cabra.

    Una fotografía de 1958 que hoy decora paredes en Lanzarote, no por bonita, sino por verdadera.

    Eso no es marketing.

    Eso no es estética.

    Eso es supervivencia.

    Y de ahí nace todo lo que vale la pena.

    Porque cuando no hay medios, hay que tener agallas. Y eso, al final, es la mejor definición de creatividad que conozco.

  • Frangollentos.

    Las palabras tienen vida propia.

    Algunas palabras nos acompañan cada día. Otras duermen en el baúl de los recuerdos, esperando su momento.

    Y cuando ese momento llega… ahí están. Te sorprenden, te sacan una sonrisa, y te llevan de vuelta a otro tiempo. A otras personas. A otra forma de hablar.

    Ayer mismo, una compañera de trabajo me contaba, entre enfadada y resignada, el desastre que le habían dejado unos pintores en su casa: brochazos mal dados, gotas por todo el suelo… un auténtico despropósito.

    Y sin pensarlo, me salió del alma: “Es que son unos frangollentos.”

    Años sin decir esa palabra. Años sin oírla. Pero ahí estaba. Salió sola, certera, como si siempre hubiera estado agazapada en mi lengua, esperando su turno.

    Porque el idioma es así. No elegimos las palabras al azar: la memoria selecciona con puntería. Escoge la mejor. La que lo dice todo. La que encaja como un guante.

    Y frangollento es una de esas. No se limita a describir: sentencia. No explica: deja claro. No se enrolla: te lanza la imagen directa a la cabeza.

    Por eso el lenguaje es poder.

    Porque la palabra justa, en el instante preciso, no solo comunica: abre puertas. Como una llave perfecta en su cerradura.

  • Nizar Tayar Bitar

    Hacía algún tiempo que no lo veía.

    Y cuando por fin me lo encontré, estaba igual que siempre: enamorado de su valle, rodeado de animales y con esa paz de quien sabe que ha encontrado su sitio en el mundo.

    Me habló de sus tomates—«eso sí que son tomates», dijo con el orgullo de quien conoce el sabor de verdad—y de su huerto, su tierra, su paraíso.

    No hace falta que lo diga: es un hombre que pertenece al campo tanto como el campo le pertenece a él.

    No sé exactamente cuándo llegó a Lanzarote, pero da igual. Porque es uno más.

    Porque habla de la isla con la admiración de quien ha decidido adoptarla como propia. Como dijo Saramago: «No es mi tierra, pero es tierra mía».

    Y luego está su cocina. Nizar no cocina, crea.

    No sigue recetas, sino que las reinventa. Y lo hace con una devoción casi sagrada.

    Quizás por eso sigue teniendo fieles que, cada cierto tiempo, necesitan volver. No por costumbre. Por necesidad.

    Porque cuando pruebas su comida, lo entiendes. Y cuando la pierdes, la echas de menos.

    Pero no es solo la comida. Es la sobremesa.

    Porque detrás de ese hombre que parece haber hecho un pacto con la tranquilidad, hay una mente brillante. Es hombre de ciencias y de letras, de los que saben escuchar y hablar cuando toca.

    Llegó de Siria hace una eternidad para estudiar ingeniería en Madrid y terminó en Lanzarote, donde ahora nos regala su cocina y su compañía.

    No sé si lo tenía planeado o si fue el destino el que le puso aquí, pero, a juzgar por cómo habla de esta tierra, uno diría que siempre perteneció a ella.

  • Hay que bendecirlo.

    Hay días en los que todo el esfuerzo se recompensa con creces. Y hoy es uno de esos.

    Nuestra compañera Patricia, desde el centro en Punta Mujeres, nos llamó con una historia que nos llenó de satisfacción.

    Un grupo de turistas checos pasó por allí. Entre ellos, un hombre que volvía por segunda vez, el año pasado nos visitó y compró una botella de jugo de aloe vera. La quería para sus problemas renales. Hasta ahí, nada fuera de lo común.

    Lo extraordinario vino después.

    El señor estaba en diálisis. Sus análisis eran un desastre. Su médico le dijo que el jugo de aloe no cambiaría nada. Pero él, por si acaso, decidió probarlo.

    Un mes después, repitió los análisis.

    Boom.

    Los niveles de potasio, creatinina, fósforo y urea bajaron. No lo decimos nosotros. Lo confirmaron sus médicos.

    Estos días, como nos cuenta Patricia, ha vuelto a Punta Mujeres. Esta vez con sus resultados en la mano, vino con la analítica, y con un objetivo claro: llevarse otra botella de jugo. Porque ahora, con el visto bueno de los médicos, sigue tomándolo.

    Esto no es magia. Cuando algo funciona, se nota.

    Por eso, no podíamos dejar de compartirlo. Porque cuando un producto cumple, cuando hay pruebas, cuando los resultados hablan por sí solos…

    Hay que bendecirlo.