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  • Referentes


    El viernes pasado, en un acto cargado de emoción, el Cabildo de Lanzarote rindió homenaje a ocho mujeres excepcionales con un galardón que no podía llevar mejor nombre: Referentes.

    Desde aquí, mi enhorabuena para todas ellas.

    Entre las premiadas, hubo un nombre que me tocó el corazón de manera especial: Inés Rojas de León.

    La admiro profundamente. Y no es una admiración de ahora, sino de hace más de 20 años.

    Durante 12 de ellos, tuve el privilegio de formar parte de su equipo. Fueron años intensos, de trabajo codo a codo, en los que descubrí a una mujer con una vocación de servicio público que roza lo sobrehumano.

    Inés no sabe lo que es rendirse. Nunca lo ha sabido.

    Desde pequeña, aprendió a remar contra la corriente. Porque lo fácil nunca ha sido su camino.

    Verla ayer recibiendo ese premio fue una alegría inmensa.

    Porque este reconocimiento no es solo un título, es un reflejo de lo que es: un faro en una isla que necesita más mujeres y hombres con la valentía de “arremangarse” y pelear por un futuro que, sin duda, va a exigir lo mejor de nosotros.

    Felicidades, Inés. Felicidades, Referentes. Qué orgullo.

  • Resistentes y auténticos

    Hace unos días asistí a un desayuno moderno en el Palacio Ico de Teguise. Ya sabes, esos que empiezan a media mañana, terminan cuando a nadie le queda hambre y que los modernos insisten en llamar brunch—porque todo suena mejor con un nombre cool.

    Más allá del nombre, la experiencia fue espectacular. Ubicación inmejorable, atención impecable y un entorno que es puro valor añadido.

    El Palacio Ico no es solo un edificio con historia, es una joya arquitectónica con siglos sobre sus muros. 

    Es un ejemplo claro de cómo restaurar, respetar y potenciar el patrimonio sin perder rentabilidad. 

    Un modelo de lo que deberíamos hacer más en esta isla: apostar por la calidad, no por la cantidad.

    Su patio es una joya. Un espacio que conecta con nuestras raíces, con esa esencia que no se puede comprar ni replicar. 

    Y allí, entre el blanco de las paredes y la calidez de la piedra, me encontré con dos aloes. Resistentes, auténticos. 

    Como el propio palacio, llevan ahí siempre. No necesitan marketing ni explicaciones. Son prueba de que lo que realmente vale, perdura.

  • Me lo apunta.

    No sé qué tienen estos primeros días de marzo (supongo que la lluvia), pero me ha puesto nostálgico.

    El otro día vi una fotografía de un comercio de los de antes, de esos que huelen a aceite y vinagre, y me vino a la cabeza una expresión que lo decía todo: «Me lo apunta.»

    Tres palabras que eran mucho más que un aval. Eran un sello de confianza.

    Una garantía de cobro sin letra pequeña ni abogados de por medio. Nada que ver con lo de ahora.

    Recuerdo perfectamente aquellos años en los que hacer los mandados de la casa era casi un rito.

    Salía sin un duro y, al final de la lista, decía con la naturalidad de quien invoca una ley inmutable: «Dice mi madre que se lo apunte.»

    Y se apuntaba. 

    Sin preguntas, sin miradas desconfiadas, sin letra pequeña. Porque la confianza era capital social, y en mi pueblo, la gente lo entendía bien.

    Había media docena de tiendas, y ninguna dudaba en fiar. No porque fueran ingenuos, sino porque en un pueblo, el valor más importante no era el dinero, sino la palabra. 

    Porque la gente confiaba en la gente. Y eso, créame, valía más que cualquier tarjeta de crédito.

  • Nicolás y el 47

    Ayer, martes de Carnaval, vi El 47, la película de Marcel Barrena, la más laureada en los Goya 2025.

    No me sorprende: tiene todo lo que hace falta para removerte por dentro.

    Lo que más me sacudió no fue la historia en sí, sino su protagonista, Manuel Vital. Un tipo de los que ya no quedan.

    Un hombre de esos que sostienen el mundo sin hacer ruido. Al verlo, pensé en alguien que conocí de niño: Nicolás, el de la guagua.

    Dos hombres separados por décadas y circunstancias, pero unidos por algo que no se aprende ni se compra: la generosidad y el sentido del deber.

    No voy a contarte la trama de El 47. Ya la verás.

    Lo que sí voy a contarte es la historia de Nicolás, porque también merece ser recordada.

    A las cinco en punto de la madrugada arrancaba la guagua en Máguez, camino de Arrecife. Si alguien llegaba tarde, lo esperaba. Porque Nicolás no era de los que dejaban a nadie atrás.

    En una época en la que pocos tenían coche, él hacía los recados de los vecinos en la capital.

    Pero si hay algo que lo convirtió en una leyenda fue esto: traía medicinas. En aquellos años, el norte de Lanzarote no tenía farmacia, y él se encargaba de que a nadie le faltara lo que necesitaba.

    No llevaba capa, ni salió en los Goya, pero Nicolás fue un héroe. De los de verdad. De los que hacen que, al recordarlo, se te encoja un poco el pecho y pienses: qué suerte haberlo conocido.

    No hubo película sobre él. Pero Nicolás hizo lo que hacen los hombres de verdad: cumplir con su gente sin esperar aplausos.

    Por eso, ayer, mientras veía El 47, me encontré de golpe con mi infancia, con un tiempo que ya no existe y con la certeza de que hubo gente que, simplemente por estar, hizo de este mundo un lugar mejor.

  • Refajarse.

    Llegó la hora de refajarse. Una expresión nuestra, de las de antes, de las que huelen a familia, a armario de riga.

    Una palabra que, como tantas otras, el tiempo ha ido dejando de lado, arrinconándola entre los olvidos.

    Eran tiempos en los que se abrían baúles, se removían perchas con la urgencia de un explorador en busca de un tesoro, y de allí salían telas, sombreros y chaquetas que habían visto más fiesta que tú.

    Nada de disfraces de plástico comprados a última hora. Aquí se improvisaba, se sudaba la búsqueda y se disfrutaba el hallazgo.

    En Lanzarote refajarse en Carnaval es también soltar amarras, es dejar el qué dirán y disfrutar como si no hubiera un mañana.

    Es desmelenarse. Es perder la vergüenza. Es soltar el freno de mano y salir a la calle como si no hubiera un mañana.

    Porque en Carnaval no hay medias tintas: o te sumerges en el juego o te conviertes en espectador.

  • Certifica tu talento

    Ayer tuve la oportunidad de asistir al I Encuentro Acredita Tu Talento. Organizado por la Cámara de Comercio de Lanzarote y La Graciosa.

    Déjame decirte algo: El mundo no funciona solo con títulos universitarios. Funciona con gente que sabe hacer las cosas.

    Gente que lleva años trabajando, que ha aprendido sobre el terreno, que resuelve problemas reales cada día… y que, por no tener un papel oficial, a veces ve puertas cerradas.

    Pero eso está cambiando.

    El programa Acredita pone en valor la experiencia de los trabajadores sin titulación oficial, dándoles un reconocimiento válido en España y Europa.

    Esto no es solo un beneficio para quienes buscan mejorar su futuro laboral. También es clave para las empresas. Porque una empresa que reconoce el talento, crece más rápido.

    Si tienes experiencia, que se note. Si diriges una empresa, apuesta por esto.

    Porque al final, lo que mueve el mundo no son los títulos. Son los resultados.

  • Ni idea.

    No tenía ni la más remota idea de quién era Ana Ibáñez. Hasta ayer. 

    La escuché en unas jornadas sobre talento en Arrecife, y vaya si tenía algo que decir.

    No solo sabe de lo que habla —que ya es raro en estos tiempos—, sino que además lo cuenta con esa claridad implacable de quien domina su oficio.

    Neurocientífica, ingeniera y—porque el destino a veces tiene estas ironías—piloto de helicóptero, a pesar de que, como confesó, en su día le tenía un pavor absoluto a volar. 

    Lo enfrentó, lo superó y ahí está la clave de su discurso: el cerebro humano es capaz de aprender, adaptarse y sobreponerse a lo que haga falta si se le enseña cómo.

    Ibáñez no vino a Lanzarote a vender humo ni a soltar frases motivacionales de azucarillo. Ofreció herramientas reales, estrategias concretas, aplicables a la vida diaria.

    Porque al final, da igual cuántos libros leamos, cuántos cursos hagas o a cuántas conferencias asistas. Si no pones en práctica lo aprendido, de nada sirve. 

    Y eso, bien mirado, es la verdadera enseñanza.

  • Así fue.

    Imagínate esto. Te despiertas un día y tu isla, tu hogar, está bajo una lluvia de fuego. El cielo ennegrecido. La tierra temblando. Los campos donde jugabas, sepultados bajo la lava.

    Eso pasó en Lanzarote hace muchos años. Lo que para cualquiera habría sido el fin, aquí se convirtió en un nuevo comienzo.

    Porque esta isla no se rinde. Nunca lo ha hecho.

    De aquella tierra quemada, nació algo inesperado: una agricultura única. Porque donde otros sólo vieron cenizas, los lanzaroteños vieron una oportunidad. 

    Aprendieron a cultivar entre volcanes, a transformar el desastre en riqueza. Y entre sus mayores tesoros, uno que conocí desde niño: el aloe vera.

    Crecí viéndolo en cada casa, en cada familia. Si te quemabas, aloe. Si te cortabas, aloe. Era el remedio infalible, el legado de nuestra gente.

    Años después, entre 2007 y 2008, cuando todo se iba al carajo con la crisis, decidí jugármela. Aposté por ese oro verde. 

    Me llamaron loco. Que quién iba a interesarse por un simple aloe. Que era demasiado arriesgado. Pero cuando algo corre por tus venas, no hay marcha atrás.

    Y así nació Aloe Plus Lanzarote.  Una empresa que no solo vende buenos productos, sino que cuenta la historia de un pueblo que se reinventó. Que transformó la ceniza en vida.

    No fue fácil. Nunca lo es. Pero aquí seguimos. Con una historia que merece ser contada: en Lanzarote, cuando todo arde, no huimos. Renacemos.

  • Déjame que te cuente.

    No hay secretos. Lo que hacemos, lo mostramos. 

    Cuando el tiempo lo permite, abrimos nuestras puertas para que unos pocos puedan ver de cerca lo que hay detrás de Aloe Plus Lanzarote. 

    Para que sepan qué hacemos. Cómo lo hacemos. Por qué lo hacemos.

    Muchos nos descubren al entrar en nuestros museos, o al detenerse en esas tiendas que son distintas a todas las demás. 

    Esas que huelen a canela y tienen el alma de Lanzarote en muchos de sus detalles. Entran por curiosidad y, sin darse cuenta, salen llevando un pedazo de la isla consigo.

    Nos reconocen al instante. Porque no nos parecemos a los demás. Porque lo nuestro no es solo vender, es contar una historia.

    No fabricamos productos. Construimos identidad.

  • Saber parar.

    Esta mañana de camino al Museo del Aloe en Yaiza, no lo pude evitar.

    En una Isla como Lanzarote que cambia sin pedir permiso, donde el tiempo parece haberse puesto unas zapatillas de correr, todavía quedan rincones que se niegan a dejarse arrastrar por la modernidad.

    Pequeños refugios de autenticidad. De historia. De sabor.

    En Yaiza, ese sitio se llama: bar El Stop.

    Quien pasa por aquí sin detenerse, deja escapar una oportunidad única.

    No solo es un bar, es un testimonio vivo del ayer, un negocio que ha entendido que la tradición bien ejecutada no es un freno, sino una ventaja competitiva.

    Su decorado, intacto desde hace décadas, no es nostalgia barata. Es identidad. Es autenticidad.

    Es lo que convierte a este punto de encuentro en un imán para la gente del pueblo que arranca el día con su café, para senderistas que desafían los Ajaches y para ciclistas que recorren la belleza de La Geria.

    Un flujo constante de clientes que no busca lo último en tendencias, sino lo que funciona.

    Y aquí se come bien. Platos preparados con la misma receta desde hace generaciones porque, cuando algo está bien hecho, no hay que reinventarlo, solo hay que mantenerlo.

    El Stop no es solo un nombre, es un recordatorio: a veces, la mejor decisión en el camino es saber dónde detenerse.