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  • Acojona.

    Anoche llegué a casa después de un día de esos que te exprimen.Necesitaba desconectar. ​ Así que decidí ver La Infiltrada (Premio Goya a la Mejor Película 2025).

    Si aún no la has visto, hazlo​, merece la pena. 

    Arachxa Echevarría dirige la historia real de Aranzazu Berradre, una policía nacional infiltrada en ETA. Casi dos horas de película que pasan volando y te deja sin aliento.

    ​Carolina Yuste está genial, de ahí su merecido Goya a mejor actriz protagonista.

    Pero lo que de verdad me voló la cabeza fue Diego Anido. Su interpretación de terrorista es tan brutal que cada vez que aparece en pantalla te recorre un escalofrío. 

    Energía oscura, mirada afilada, puro magnetismo. Si te lo cruzas de noche por Cuatro Esquinas en Arrecife, el susto te manda directo ​a​l Molina Orosa (Hospital General de Lanzarote), si antes no te ha dado un infarto.

    Ya me gustó en As bestas, pero aquí lo borda. Su presencia eleva la película a otro nivel. 

    Menos mal que es actor y no el tipo que vive en el piso de enfrente.

  • Cirujanos del aloe.

    Las mañanas de los miércoles tienen su propio aroma. Uno que lo impregna todo. 

    Es el olor de la hoja de aloe vera cuando empieza su transformación. Fresco, limpio, inconfundible.

    Antes de que amanezca, Samuel, Adrián y Raúl ya están en marcha. A las seis en punto, todo tiene que estar listo. 

    No hay margen para errores. Son precisos. Meticulosos. Son cirujanos del aloe vera.

    Hoy, toda la extracción irá destinada a uno de nuestros productos estrella: el gel corporal puro. 

    En seis horas, la materia prima estará lista para su transformación. Lo saben. Lo calculan. Lo ejecutan.

    No hay mayor tranquilidad que rodearse de gente joven, apasionada y comprometida con lo que hace. 

    Verlos trabajar con esa energía es una confirmación de que vamos por el camino correcto. Ellos saben que lo que hacen importa.

    ¡Enhorabuena, chicos!

  • Todo puede cambiar

    Los amaneceres de febrero en Lanzarote tienen ese frío que corta, el que sientes más si has crecido en la isla y sabes que aquí el invierno no avisa, pero se siente.

    El sereno de la madrugada cubre Tahiche. La tierra amanece tranquila, ajena a lo que está por ocurrir. Todo sigue su curso. Hasta que deja de hacerlo.

    Él, como cada mañana, sale a dar el primer paseo del día. Nada parece diferente. No hay señales. No hay advertencias. Solo un día más en su rutina. Pero no lo será.

    A la misma hora, un camionero aparca frente a la farmacia del pueblo. ​Baja, entra en la botica. No hay prisa. No tiene por qué haberla.

    Pero entonces, sin previo aviso, sin lógica, sin razón… el camión empieza a moverse. Sin control. Sin remedio.

    No hay segundas oportunidades. No hay botón de pausa. 

    El desenlace es fatal. Triste. Injusto. Pero la vida no pregunta. Nunca lo hace.

    Hoy lamentamos la pérdida de quien no pudo despedirse. Y sentimos en el alma la carga de quien​ vivi​rá con un peso difícil de llevar.

    La vida es incierta. Y es precisamente esa incertidumbre la que nos obliga a aprovechar cada momento. A vivir con intensidad. Porque en cualquier instante, todo puede cambiar.

  • Empiece a ver…

    Vivimos tiempos en los que todo, absolutamente todo, acaba en los tribunales.

    Ya no hay margen para hablar, negociar o, al menos, aclarar las cosas cara a cara.

    No. Ahora todo se reduce a un seco: «nos vemos en el juzgado».

    Nuestros padres y abuelos cuentan que, no hace tanto, un simple apretón de manos bastaba para sellar un acuerdo. 

    Palabra dada, trato cerrado. Y si alguien lo rompía, lo que rompía también era su prestigio y reputación.

    Hoy, en cambio, vivimos en un país donde la picaresca es deporte nacional y los abogados hacen su agosto los doce meses del año.

    Viene esto a cuento de una historia que ocurrió hace años en el norte de Lanzarote, en un pueblo donde las disputas solían arreglarse en la plaza y no en los tribunales.

     
    Pero aquella vez no hubo más remedio. Dos vecinos, más tercos que mulas, se disputaban la misma propiedad. 

    Sin acuerdo posible, llevaron el asunto a juicio.

    En el estrado, como testigo, llamaron a una vecina de ambos.

    Se trataba de una señora de ochenta y muchos años, que tenía la mirada de quien ha visto lo suficiente y un aplomo de quien ha vivido demasiado como para impresionar a estas alturas.

    El juez, con la solemnidad del caso, entonó la fórmula de rigor:

    —¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

    La señora lo miró, respiró hondo y, sin inmutarse, respondió:

    —Empiece a ver…

    Silencio. Luego, una carcajada breve y seca, porque hasta el juez entendió que hay frases que llevan más verdad de la que parecen.

    ¿Dijo la verdad? ¿No la dijo? Vaya usted a saber. Lo único seguro es que la justicia tiene sus caminos, pero la sabiduría popular los conoce todos.

  • Por la puerta grande

    Desde hace años sigo de cerca a Enrique Tomás. Si oyes su nombre por primera vez, podrías pensar que es un torero. No lo es (aunque con la energía que tiene, no me extrañaría verlo en un ruedo).

    Él se define como un tendero. Yo diría que es un visionario con más hambre que un lobo en ayunas. Un empresario con instinto, olfato y, sobre todo, agallas.

    Porque montar una charcutería y acabar siendo el rey del jamón a nivel mundial no es casualidad. Es talento, trabajo y una capacidad brutal para adaptarse.

    Y si no lo sigues, ya estás tardando. Con él siempre se aprende.

    Hoy, mientras otros se pierden en excusas, Enrique está dándole vueltas a dos retos gordos que tiene sobre la mesa:

    – Las políticas de Trump y el impacto que pueden tener en su expansión en EE.UU.

    – La Inteligencia Artificial china, que ha dejado obsoleta su estrategia tecnológica.

    A cualquier otro empresario esto le parecería un problema. A él, un nuevo desafío.

    En lugar de lamentarse, se remanga la camisa y se prepara para lidiar un nuevo toro.

    Y, conociéndolo, no tengo dudas de que saldrá por la puerta grande.

  • Hijos de la sal y el campo

    No supieron lo que era un lápiz. Ni un cuaderno. Ni la escuela.
    Pero aprendieron a contar la vida con lo que tenían: la voz, el ingenio y la rima.

    Uno, maestro salinero en Janubio, cuando la sal era oro blanco.
    El otro, pastor en el Malpaís de la Corona, donde las cabras sacaban verdor de la roca volcánica.

    Sur y Norte. Las Breñas y Órzola.
    Separados por kilómetros, pero unidos por la misma lucha: sobrevivir.

    Porque en aquella Lanzarote de necesidad y polvo, cuando el turismo ni existía en los sueños más locos,
    ellos cantaban la vida. En coplas, en versos, en décimas.

    Victor Fernández Gopar y José Domingo de León fueron poetas sin escuela,
    cronistas sin tinta, pero con un don: convertir la dureza en arte.

    Son memoria viva de una Isla de sal y campo.
    Y merecen ser recordados.

  • Pensar en verde.

    Estamos contentos (y muy orgullosos) de formar parte del Dossier “Descubriendo casos de éxito de sostenibilidad en Lanzarote y La Graciosa”, elaborado por la Federación Turística de Lanzarote.

    Un nuevo reconocimiento que nos recuerda algo importante: hacer las cosas bien tiene recompensa

    Gracias a Daifa Sánchez (Federación Turística) y a nuestra compañera Cristina Guillén por el esfuerzo constante y el trabajo bien hecho. 

    Esta semana volvieron a encontrarse para seguir trabajando en sostenibilidad.

    No porque sea fácil, sino porque es lo correcto.   

  • Como galletas recién horneadas

    Nuestros clientes son únicos, y sus opiniones son nuestra mejor carta de presentación. 

    Así que déjame contarte algo: cada inicio de año lanzamos un nuevo producto al mercado, pensado para cumplir con su propósito al 100%. 

    Al recibirlo y testarlo, una de nuestras clientas nos dejó sin palabras con su reacción.

    Esto fue lo que escribió:

    «¡Acabo de probarla y me encanta! Te deja la piel súper hidratada, fresca, y con un aroma a galletas recién horneadas.»

    ¿Hace falta decir más?

    ¿Quién necesita publicistas, con clientes así?

    A propósito, se denomina Body Butter, no la clienta… la crema.

  • Oiga monifato.

    Manuel Hernández vivía en la calle Las Casillas, en el pintoresco pueblo de Máguez, en la isla de Lanzarote. Su oficio, barbero.

    Pero como la mayoría en los años 50, 60, 70 y hasta bien entrados los ochenta, dedicaba tanto tiempo al campo como a su navaja.

    Porque en aquellos tiempos, sobrevivir era un arte, y había que ser un maestro en todo: en la barbería, en la tierra y, cómo no, en la vida.

    Dicen los que lo conocieron que tenía un estilo muy suyo para trabajar: se ensalivaba los dedos con la confianza de quien lleva toda una vida haciendo las cosas a su manera.

    Luego, con la navaja bien afilada, trasquilaba los mechones con la precisión de un reloj suizo. Y, oye, quedabas listo para conquistar el día.

    En Máguez, como en el resto del norte de la isla, nadie se libraba de un «nombrete».

    Era más común que te conocieran por tu apodo que por lo que ponía en tu partida de nacimiento. Y Manuel no era una excepción: todos lo llamaban Manuel Relevo.

    Aquí viene lo bueno.

    Un día, mientras descansaba en casa con su mujer, la señora Manuela, un chiquillo, mandado por algún mayor, llegó a su puerta. Desde la calle, el muchacho soltó a pleno pulmón:

    —¡Relevooo! ¡Manolaaaa!

    Y entonces sucedió.

    En dos segundos, Manuel salió por la puerta. Pero no a gritar, no a perder los papeles. A enseñar algo que hoy escasea. Y con mucha educación, pero firme como una roca, le espetó al muchacho:

    —Oiga, monifato —dijo, con esa mezcla perfecta de firmeza y cortesía que pocos dominan—, a mí me llama Don Manuel. Y a mi señora, Doña Manuela.

    El chiquillo, probablemente más asustado que educado, respondió como pudo:

    —Sí, seño Manue.

    El pueblo entero se quedó con la anécdota. Porque no solo fue divertida. Fue una lección. Una de esas que no se olvidan.

    Porque con ese pequeño gesto, Don Manuel nos recordó algo que no deberíamos olvidar: el respeto es muy bonito.

    Y además, nunca pasa de moda.

  • Sabios

    Hubo un tiempo en el que cada pueblo tenía sus propios sabios. 

    Gente sencilla, sin títulos rimbombantes ni diplomas que colgar en las paredes. Gente que, sin saberlo, cargaba sobre sus hombros el peso de la memoria colectiva

    Eran ellos los que tenían las respuestas cuando las preguntas venían cargadas de polvo y olvido. 

    ¿Qué fue de aquel pariente que emigró a Argentina? ¿De donde viene el nombre de este lugar? ¿Qué secretos esconden los apellidos que llevamos pegados a la piel como una herencia?

    Jesús Perdomo Ramírez es uno de esos sabios. Uno de los pocos que todavía quedan en los pueblos. 

    Un hombre curioso hasta la médula, con ese tipo de inquietud que lo empuja a buscar en lo que otros han dejado de mirar. 

    Un autodidacta que ha hecho de los árboles genealógicos su mapa del tesoro.

    Con la paciencia de un relojero y el respeto de un arqueólogo, Jesús ha desenterrado los orígenes de muchos apellidos comunes de la isla de Lanzarote. 

    Es una enciclopedia viva, un testigo que guarda en su memoria las historias que el tiempo no ha logrado borrar. 

    Tanto es así que la Junta de Cronistas de Canarias lo ha reconocido como Memorialista…  lastima que los reconocimientos siempre vengan de fuera.

    Pero lo que realmente distingue a Jesús no es solo lo que sabe, sino lo que hace con ese conocimiento. 

    No se guarda nada, porque entiende que el saber, si no se comparte, no vale gran cosa. 

    Siempre está dispuesto a resolver una duda, a reconstruir un relato, a tender un puente entre el pasado y quienes lo miran con ojos nuevos.

    Porque, al final, ¿qué sería de nuestros municipios sin estas figuras?

    Sin estos sabios que, entre líneas y relatos, nos enseñan que nuestra historia es más que pasado.