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  • Juntos, somos mar.

    Nadie llega lejos en solitario. Por valiente, inteligente o audaz que sea, siempre necesitará a otros a su lado.

    A lo largo de la historia, las grandes victorias no han sido obra de un solo individuo, sino de equipos que han sabido remar juntos. Y remar bien.

    Por eso, hemos puesto en marcha jornadas de dinámicas de grupo, dedicadas a lo que realmente importa: fortalecer la cooperación, la interacción y el liderazgo en cada uno de nosotros.

    Porque cuando un equipo crece, todo el proyecto se transforma.

    La respuesta ha sido increíble: participación activa, ganas de sumar y una energía que inspira.

    Esto no es solo una iniciativa, es el reflejo de algo mucho más grande: una mentalidad de crecimiento compartido.

    Lo dijo Ryunosuke Satoro, y hoy lo hacemos nuestro:
    «Individualmente, somos una gota. Juntos, somos el mar».

    Gracias por ser parte de la tripulación.

    Seguimos navegando.

  • Ole, ole y ole.

    ​No es fácil encontrar gente que haga las cosas bien. La mayoría cumple con lo justo, sin complicarse.

    Tenemos la suerte de contar con un equipo que no solo trabaja: entiende lo que hace y por qué lo hace.

    El otro día pasé por una de nuestras tiendas. Me gusta hacerlo de vez en cuando, tocarle el pulso a la empresa y, sobre todo, hablar con el equipo.

    Porque un negocio no es solo números y productos: es la gente que lo saca adelante.

    Nada más entrar, vi a una compañera atendiendo a unos clientes británicos. No solo les vendía algo. Les contaba, con convicción y buen hacer, que aquí no ofrecemos simples productos de aloe, sino salud, bienestar y felicidad. Olé, olé y olé.

    Cuando los clientes terminaron su compra, la felicité.

    Lleva poco tiempo con nosotros, pero ya ha comprendido algo fundamental: esta empresa no se construye vendiendo cosas, sino transmitiendo experiencias.

    Y entonces me vino a la cabeza aquella vieja historia.

    La de un clérigo que visitaba la obra de una catedral y preguntó a dos trabajadores qué estaban haciendo.

    Uno respondió sin levantar la vista: “Colocando ladrillos”. El otro, en cambio, miró al cielo y dijo: “Estoy construyendo una catedral”.​ Ole, ole y ole.

    Esa es la diferencia entre los que cumplen y los que dejan huella.

  • Un misterio.

    No deja de tener su gracia. Han pasado más de cinco siglos desde que Fernando e Isabel comprendieron algo que hoy muchos siguen sin entender: Canarias no es un territorio cualquiera.

    Lo reconocieron un 20 de enero de 1487, y aquel gesto, con sus matices y adaptaciones, ha llegado hasta nuestros días.

    Fueron los Reyes Católicos quienes primero asumieron que este pedazo del mundo necesitaba un trato diferenciado. Porque no era lo mismo. Porque nunca lo ha sido. Y aunque los tiempos han cambiado, la esencia del problema sigue intacta.

    Canarias cuenta con una herramienta clave para su desarrollo económico: el Régimen Económico y Fiscal de Canarias (REF). Sus raíces se hunden en la Provisión Real de Gran Canaria, firmada por los monarcas hace exactamente 548 años. Sin embargo, como suele ocurrir, muchos aún ignoran qué es, para qué sirve y por qué es crucial para el futuro del archipiélago.

    Por suerte, algo empieza a moverse.

    Desde hace poco más de un año, el Gobierno Autonómico ha puesto en marcha un Comisionado para la defensa del REF, encabezado por alguien que, al menos, tiene claro de qué va esto: José Ramón Barrera.

    Ayer tuve la oportunidad de escucharlo en el Castillo de San José. Habla sin rodeos, sin miedo y con la claridad de quien sabe lo que dice. Tiene una visión definida y la expresa con una contundencia difícil de rebatir.

    Si le dejan hacer su trabajo, no solo conseguirá que entendamos la importancia del REF, sino que lo transformará en una auténtica palanca de crecimiento para Canarias.

    Asegura que no es político. Y lo dice con una convicción que te hace creerle.

    Ánimo. Falta hará.

  • Y tú de qué lado estás.

    Un estudio —de esos que solo confirman lo evidente— dice que en España la polarización ha aumentado un 35% en los últimos cinco años. Vaya sorpresa.

    Vivimos en una época donde la razón ha sido reemplazada por la consigna. O eres de los buenos o de los malos. Progresista o reaccionario. Ilustrado o demagogo. No hay matices, no hay dudas, no hay espacio para el pensamiento crítico.

    No existe una carretera intermedia ni un refugio seguro. Un día eres un referente intelectual; al siguiente, enemigo público número uno.

    El gris ha muerto. Solo queda el blanco o el negro. Estás con nosotros o contra nosotros. Héroe o villano.

    Es el signo de los tiempos.

    Pero lo peor no es la histeria colectiva. Es la ausencia de alguien con el coraje suficiente para frenarla.

    No veo en el horizonte a nadie dispuesto a encaminar esta sociedad hacia la sensatez. Tal vez porque la sensatez ya no interesa.

    Lo que vende es el ruido.

    Pero aquí va una verdad incómoda: la realidad no funciona así. Ni la vida, ni los negocios, ni el progreso han sido jamás cuestión de trincheras. Siempre han dependido del equilibrio, de la adaptabilidad, de la capacidad de leer el contexto.

    Y, sin embargo, seguimos jugando a los bandos.

    Como si tener razón fuera más importante que entendernos.

  • Referentes


    El viernes pasado, en un acto cargado de emoción, el Cabildo de Lanzarote rindió homenaje a ocho mujeres excepcionales con un galardón que no podía llevar mejor nombre: Referentes.

    Desde aquí, mi enhorabuena para todas ellas.

    Entre las premiadas, hubo un nombre que me tocó el corazón de manera especial: Inés Rojas de León.

    La admiro profundamente. Y no es una admiración de ahora, sino de hace más de 20 años.

    Durante 12 de ellos, tuve el privilegio de formar parte de su equipo. Fueron años intensos, de trabajo codo a codo, en los que descubrí a una mujer con una vocación de servicio público que roza lo sobrehumano.

    Inés no sabe lo que es rendirse. Nunca lo ha sabido.

    Desde pequeña, aprendió a remar contra la corriente. Porque lo fácil nunca ha sido su camino.

    Verla ayer recibiendo ese premio fue una alegría inmensa.

    Porque este reconocimiento no es solo un título, es un reflejo de lo que es: un faro en una isla que necesita más mujeres y hombres con la valentía de “arremangarse” y pelear por un futuro que, sin duda, va a exigir lo mejor de nosotros.

    Felicidades, Inés. Felicidades, Referentes. Qué orgullo.

  • Resistentes y auténticos

    Hace unos días asistí a un desayuno moderno en el Palacio Ico de Teguise. Ya sabes, esos que empiezan a media mañana, terminan cuando a nadie le queda hambre y que los modernos insisten en llamar brunch—porque todo suena mejor con un nombre cool.

    Más allá del nombre, la experiencia fue espectacular. Ubicación inmejorable, atención impecable y un entorno que es puro valor añadido.

    El Palacio Ico no es solo un edificio con historia, es una joya arquitectónica con siglos sobre sus muros. 

    Es un ejemplo claro de cómo restaurar, respetar y potenciar el patrimonio sin perder rentabilidad. 

    Un modelo de lo que deberíamos hacer más en esta isla: apostar por la calidad, no por la cantidad.

    Su patio es una joya. Un espacio que conecta con nuestras raíces, con esa esencia que no se puede comprar ni replicar. 

    Y allí, entre el blanco de las paredes y la calidez de la piedra, me encontré con dos aloes. Resistentes, auténticos. 

    Como el propio palacio, llevan ahí siempre. No necesitan marketing ni explicaciones. Son prueba de que lo que realmente vale, perdura.

  • Me lo apunta.

    No sé qué tienen estos primeros días de marzo (supongo que la lluvia), pero me ha puesto nostálgico.

    El otro día vi una fotografía de un comercio de los de antes, de esos que huelen a aceite y vinagre, y me vino a la cabeza una expresión que lo decía todo: «Me lo apunta.»

    Tres palabras que eran mucho más que un aval. Eran un sello de confianza.

    Una garantía de cobro sin letra pequeña ni abogados de por medio. Nada que ver con lo de ahora.

    Recuerdo perfectamente aquellos años en los que hacer los mandados de la casa era casi un rito.

    Salía sin un duro y, al final de la lista, decía con la naturalidad de quien invoca una ley inmutable: «Dice mi madre que se lo apunte.»

    Y se apuntaba. 

    Sin preguntas, sin miradas desconfiadas, sin letra pequeña. Porque la confianza era capital social, y en mi pueblo, la gente lo entendía bien.

    Había media docena de tiendas, y ninguna dudaba en fiar. No porque fueran ingenuos, sino porque en un pueblo, el valor más importante no era el dinero, sino la palabra. 

    Porque la gente confiaba en la gente. Y eso, créame, valía más que cualquier tarjeta de crédito.

  • Nicolás y el 47

    Ayer, martes de Carnaval, vi El 47, la película de Marcel Barrena, la más laureada en los Goya 2025.

    No me sorprende: tiene todo lo que hace falta para removerte por dentro.

    Lo que más me sacudió no fue la historia en sí, sino su protagonista, Manuel Vital. Un tipo de los que ya no quedan.

    Un hombre de esos que sostienen el mundo sin hacer ruido. Al verlo, pensé en alguien que conocí de niño: Nicolás, el de la guagua.

    Dos hombres separados por décadas y circunstancias, pero unidos por algo que no se aprende ni se compra: la generosidad y el sentido del deber.

    No voy a contarte la trama de El 47. Ya la verás.

    Lo que sí voy a contarte es la historia de Nicolás, porque también merece ser recordada.

    A las cinco en punto de la madrugada arrancaba la guagua en Máguez, camino de Arrecife. Si alguien llegaba tarde, lo esperaba. Porque Nicolás no era de los que dejaban a nadie atrás.

    En una época en la que pocos tenían coche, él hacía los recados de los vecinos en la capital.

    Pero si hay algo que lo convirtió en una leyenda fue esto: traía medicinas. En aquellos años, el norte de Lanzarote no tenía farmacia, y él se encargaba de que a nadie le faltara lo que necesitaba.

    No llevaba capa, ni salió en los Goya, pero Nicolás fue un héroe. De los de verdad. De los que hacen que, al recordarlo, se te encoja un poco el pecho y pienses: qué suerte haberlo conocido.

    No hubo película sobre él. Pero Nicolás hizo lo que hacen los hombres de verdad: cumplir con su gente sin esperar aplausos.

    Por eso, ayer, mientras veía El 47, me encontré de golpe con mi infancia, con un tiempo que ya no existe y con la certeza de que hubo gente que, simplemente por estar, hizo de este mundo un lugar mejor.

  • Refajarse.

    Llegó la hora de refajarse. Una expresión nuestra, de las de antes, de las que huelen a familia, a armario de riga.

    Una palabra que, como tantas otras, el tiempo ha ido dejando de lado, arrinconándola entre los olvidos.

    Eran tiempos en los que se abrían baúles, se removían perchas con la urgencia de un explorador en busca de un tesoro, y de allí salían telas, sombreros y chaquetas que habían visto más fiesta que tú.

    Nada de disfraces de plástico comprados a última hora. Aquí se improvisaba, se sudaba la búsqueda y se disfrutaba el hallazgo.

    En Lanzarote refajarse en Carnaval es también soltar amarras, es dejar el qué dirán y disfrutar como si no hubiera un mañana.

    Es desmelenarse. Es perder la vergüenza. Es soltar el freno de mano y salir a la calle como si no hubiera un mañana.

    Porque en Carnaval no hay medias tintas: o te sumerges en el juego o te conviertes en espectador.

  • Certifica tu talento

    Ayer tuve la oportunidad de asistir al I Encuentro Acredita Tu Talento. Organizado por la Cámara de Comercio de Lanzarote y La Graciosa.

    Déjame decirte algo: El mundo no funciona solo con títulos universitarios. Funciona con gente que sabe hacer las cosas.

    Gente que lleva años trabajando, que ha aprendido sobre el terreno, que resuelve problemas reales cada día… y que, por no tener un papel oficial, a veces ve puertas cerradas.

    Pero eso está cambiando.

    El programa Acredita pone en valor la experiencia de los trabajadores sin titulación oficial, dándoles un reconocimiento válido en España y Europa.

    Esto no es solo un beneficio para quienes buscan mejorar su futuro laboral. También es clave para las empresas. Porque una empresa que reconoce el talento, crece más rápido.

    Si tienes experiencia, que se note. Si diriges una empresa, apuesta por esto.

    Porque al final, lo que mueve el mundo no son los títulos. Son los resultados.