Blog

  • Ni idea.

    No tenía ni la más remota idea de quién era Ana Ibáñez. Hasta ayer. 

    La escuché en unas jornadas sobre talento en Arrecife, y vaya si tenía algo que decir.

    No solo sabe de lo que habla —que ya es raro en estos tiempos—, sino que además lo cuenta con esa claridad implacable de quien domina su oficio.

    Neurocientífica, ingeniera y—porque el destino a veces tiene estas ironías—piloto de helicóptero, a pesar de que, como confesó, en su día le tenía un pavor absoluto a volar. 

    Lo enfrentó, lo superó y ahí está la clave de su discurso: el cerebro humano es capaz de aprender, adaptarse y sobreponerse a lo que haga falta si se le enseña cómo.

    Ibáñez no vino a Lanzarote a vender humo ni a soltar frases motivacionales de azucarillo. Ofreció herramientas reales, estrategias concretas, aplicables a la vida diaria.

    Porque al final, da igual cuántos libros leamos, cuántos cursos hagas o a cuántas conferencias asistas. Si no pones en práctica lo aprendido, de nada sirve. 

    Y eso, bien mirado, es la verdadera enseñanza.

  • Así fue.

    Imagínate esto. Te despiertas un día y tu isla, tu hogar, está bajo una lluvia de fuego. El cielo ennegrecido. La tierra temblando. Los campos donde jugabas, sepultados bajo la lava.

    Eso pasó en Lanzarote hace muchos años. Lo que para cualquiera habría sido el fin, aquí se convirtió en un nuevo comienzo.

    Porque esta isla no se rinde. Nunca lo ha hecho.

    De aquella tierra quemada, nació algo inesperado: una agricultura única. Porque donde otros sólo vieron cenizas, los lanzaroteños vieron una oportunidad. 

    Aprendieron a cultivar entre volcanes, a transformar el desastre en riqueza. Y entre sus mayores tesoros, uno que conocí desde niño: el aloe vera.

    Crecí viéndolo en cada casa, en cada familia. Si te quemabas, aloe. Si te cortabas, aloe. Era el remedio infalible, el legado de nuestra gente.

    Años después, entre 2007 y 2008, cuando todo se iba al carajo con la crisis, decidí jugármela. Aposté por ese oro verde. 

    Me llamaron loco. Que quién iba a interesarse por un simple aloe. Que era demasiado arriesgado. Pero cuando algo corre por tus venas, no hay marcha atrás.

    Y así nació Aloe Plus Lanzarote.  Una empresa que no solo vende buenos productos, sino que cuenta la historia de un pueblo que se reinventó. Que transformó la ceniza en vida.

    No fue fácil. Nunca lo es. Pero aquí seguimos. Con una historia que merece ser contada: en Lanzarote, cuando todo arde, no huimos. Renacemos.

  • Déjame que te cuente.

    No hay secretos. Lo que hacemos, lo mostramos. 

    Cuando el tiempo lo permite, abrimos nuestras puertas para que unos pocos puedan ver de cerca lo que hay detrás de Aloe Plus Lanzarote. 

    Para que sepan qué hacemos. Cómo lo hacemos. Por qué lo hacemos.

    Muchos nos descubren al entrar en nuestros museos, o al detenerse en esas tiendas que son distintas a todas las demás. 

    Esas que huelen a canela y tienen el alma de Lanzarote en muchos de sus detalles. Entran por curiosidad y, sin darse cuenta, salen llevando un pedazo de la isla consigo.

    Nos reconocen al instante. Porque no nos parecemos a los demás. Porque lo nuestro no es solo vender, es contar una historia.

    No fabricamos productos. Construimos identidad.

  • Saber parar.

    Esta mañana de camino al Museo del Aloe en Yaiza, no lo pude evitar.

    En una Isla como Lanzarote que cambia sin pedir permiso, donde el tiempo parece haberse puesto unas zapatillas de correr, todavía quedan rincones que se niegan a dejarse arrastrar por la modernidad.

    Pequeños refugios de autenticidad. De historia. De sabor.

    En Yaiza, ese sitio se llama: bar El Stop.

    Quien pasa por aquí sin detenerse, deja escapar una oportunidad única.

    No solo es un bar, es un testimonio vivo del ayer, un negocio que ha entendido que la tradición bien ejecutada no es un freno, sino una ventaja competitiva.

    Su decorado, intacto desde hace décadas, no es nostalgia barata. Es identidad. Es autenticidad.

    Es lo que convierte a este punto de encuentro en un imán para la gente del pueblo que arranca el día con su café, para senderistas que desafían los Ajaches y para ciclistas que recorren la belleza de La Geria.

    Un flujo constante de clientes que no busca lo último en tendencias, sino lo que funciona.

    Y aquí se come bien. Platos preparados con la misma receta desde hace generaciones porque, cuando algo está bien hecho, no hay que reinventarlo, solo hay que mantenerlo.

    El Stop no es solo un nombre, es un recordatorio: a veces, la mejor decisión en el camino es saber dónde detenerse.

  • Acojona.

    Anoche llegué a casa después de un día de esos que te exprimen.Necesitaba desconectar. ​ Así que decidí ver La Infiltrada (Premio Goya a la Mejor Película 2025).

    Si aún no la has visto, hazlo​, merece la pena. 

    Arachxa Echevarría dirige la historia real de Aranzazu Berradre, una policía nacional infiltrada en ETA. Casi dos horas de película que pasan volando y te deja sin aliento.

    ​Carolina Yuste está genial, de ahí su merecido Goya a mejor actriz protagonista.

    Pero lo que de verdad me voló la cabeza fue Diego Anido. Su interpretación de terrorista es tan brutal que cada vez que aparece en pantalla te recorre un escalofrío. 

    Energía oscura, mirada afilada, puro magnetismo. Si te lo cruzas de noche por Cuatro Esquinas en Arrecife, el susto te manda directo ​a​l Molina Orosa (Hospital General de Lanzarote), si antes no te ha dado un infarto.

    Ya me gustó en As bestas, pero aquí lo borda. Su presencia eleva la película a otro nivel. 

    Menos mal que es actor y no el tipo que vive en el piso de enfrente.

  • Cirujanos del aloe.

    Las mañanas de los miércoles tienen su propio aroma. Uno que lo impregna todo. 

    Es el olor de la hoja de aloe vera cuando empieza su transformación. Fresco, limpio, inconfundible.

    Antes de que amanezca, Samuel, Adrián y Raúl ya están en marcha. A las seis en punto, todo tiene que estar listo. 

    No hay margen para errores. Son precisos. Meticulosos. Son cirujanos del aloe vera.

    Hoy, toda la extracción irá destinada a uno de nuestros productos estrella: el gel corporal puro. 

    En seis horas, la materia prima estará lista para su transformación. Lo saben. Lo calculan. Lo ejecutan.

    No hay mayor tranquilidad que rodearse de gente joven, apasionada y comprometida con lo que hace. 

    Verlos trabajar con esa energía es una confirmación de que vamos por el camino correcto. Ellos saben que lo que hacen importa.

    ¡Enhorabuena, chicos!

  • Todo puede cambiar

    Los amaneceres de febrero en Lanzarote tienen ese frío que corta, el que sientes más si has crecido en la isla y sabes que aquí el invierno no avisa, pero se siente.

    El sereno de la madrugada cubre Tahiche. La tierra amanece tranquila, ajena a lo que está por ocurrir. Todo sigue su curso. Hasta que deja de hacerlo.

    Él, como cada mañana, sale a dar el primer paseo del día. Nada parece diferente. No hay señales. No hay advertencias. Solo un día más en su rutina. Pero no lo será.

    A la misma hora, un camionero aparca frente a la farmacia del pueblo. ​Baja, entra en la botica. No hay prisa. No tiene por qué haberla.

    Pero entonces, sin previo aviso, sin lógica, sin razón… el camión empieza a moverse. Sin control. Sin remedio.

    No hay segundas oportunidades. No hay botón de pausa. 

    El desenlace es fatal. Triste. Injusto. Pero la vida no pregunta. Nunca lo hace.

    Hoy lamentamos la pérdida de quien no pudo despedirse. Y sentimos en el alma la carga de quien​ vivi​rá con un peso difícil de llevar.

    La vida es incierta. Y es precisamente esa incertidumbre la que nos obliga a aprovechar cada momento. A vivir con intensidad. Porque en cualquier instante, todo puede cambiar.

  • Empiece a ver…

    Vivimos tiempos en los que todo, absolutamente todo, acaba en los tribunales.

    Ya no hay margen para hablar, negociar o, al menos, aclarar las cosas cara a cara.

    No. Ahora todo se reduce a un seco: «nos vemos en el juzgado».

    Nuestros padres y abuelos cuentan que, no hace tanto, un simple apretón de manos bastaba para sellar un acuerdo. 

    Palabra dada, trato cerrado. Y si alguien lo rompía, lo que rompía también era su prestigio y reputación.

    Hoy, en cambio, vivimos en un país donde la picaresca es deporte nacional y los abogados hacen su agosto los doce meses del año.

    Viene esto a cuento de una historia que ocurrió hace años en el norte de Lanzarote, en un pueblo donde las disputas solían arreglarse en la plaza y no en los tribunales.

     
    Pero aquella vez no hubo más remedio. Dos vecinos, más tercos que mulas, se disputaban la misma propiedad. 

    Sin acuerdo posible, llevaron el asunto a juicio.

    En el estrado, como testigo, llamaron a una vecina de ambos.

    Se trataba de una señora de ochenta y muchos años, que tenía la mirada de quien ha visto lo suficiente y un aplomo de quien ha vivido demasiado como para impresionar a estas alturas.

    El juez, con la solemnidad del caso, entonó la fórmula de rigor:

    —¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

    La señora lo miró, respiró hondo y, sin inmutarse, respondió:

    —Empiece a ver…

    Silencio. Luego, una carcajada breve y seca, porque hasta el juez entendió que hay frases que llevan más verdad de la que parecen.

    ¿Dijo la verdad? ¿No la dijo? Vaya usted a saber. Lo único seguro es que la justicia tiene sus caminos, pero la sabiduría popular los conoce todos.

  • Por la puerta grande

    Desde hace años sigo de cerca a Enrique Tomás. Si oyes su nombre por primera vez, podrías pensar que es un torero. No lo es (aunque con la energía que tiene, no me extrañaría verlo en un ruedo).

    Él se define como un tendero. Yo diría que es un visionario con más hambre que un lobo en ayunas. Un empresario con instinto, olfato y, sobre todo, agallas.

    Porque montar una charcutería y acabar siendo el rey del jamón a nivel mundial no es casualidad. Es talento, trabajo y una capacidad brutal para adaptarse.

    Y si no lo sigues, ya estás tardando. Con él siempre se aprende.

    Hoy, mientras otros se pierden en excusas, Enrique está dándole vueltas a dos retos gordos que tiene sobre la mesa:

    – Las políticas de Trump y el impacto que pueden tener en su expansión en EE.UU.

    – La Inteligencia Artificial china, que ha dejado obsoleta su estrategia tecnológica.

    A cualquier otro empresario esto le parecería un problema. A él, un nuevo desafío.

    En lugar de lamentarse, se remanga la camisa y se prepara para lidiar un nuevo toro.

    Y, conociéndolo, no tengo dudas de que saldrá por la puerta grande.

  • Hijos de la sal y el campo

    No supieron lo que era un lápiz. Ni un cuaderno. Ni la escuela.
    Pero aprendieron a contar la vida con lo que tenían: la voz, el ingenio y la rima.

    Uno, maestro salinero en Janubio, cuando la sal era oro blanco.
    El otro, pastor en el Malpaís de la Corona, donde las cabras sacaban verdor de la roca volcánica.

    Sur y Norte. Las Breñas y Órzola.
    Separados por kilómetros, pero unidos por la misma lucha: sobrevivir.

    Porque en aquella Lanzarote de necesidad y polvo, cuando el turismo ni existía en los sueños más locos,
    ellos cantaban la vida. En coplas, en versos, en décimas.

    Victor Fernández Gopar y José Domingo de León fueron poetas sin escuela,
    cronistas sin tinta, pero con un don: convertir la dureza en arte.

    Son memoria viva de una Isla de sal y campo.
    Y merecen ser recordados.