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  • Señales

    Esta mañana, mientras hacía mi caminata diaria por Puerto del Carmen, me topé con una señal.

    No crean que fue fácil verla: estaba oculta, como un secreto mal guardado, tras la sombra espesa de un flamboyán que parecía empeñado en mantenerla fuera de la vista.

    Indicaba, con ese gesto autoritario que tienen las señales, que había que ir hacia la izquierda.

    Obligatorio.

    Uno diría que es pura cuestión de tráfico, pero conociendo a Pepe Juan, alcalde socialista de la localidad y viejo zorro de la política, uno empieza a sospechar si no habrá algo de mensaje subliminal en el asunto.

    El caso es que aquel disco metálico escondido me hizo pensar.

    Cuántas señales, advertencias o mensajes tenemos delante de las narices y ni los vemos.

    No hablo sólo de tráfico, sino de la vida misma: oportunidades que dejamos pasar, avisos de peligro que ignoramos, caminos que no tomamos porque no levantamos la vista del suelo.

    Así que, aunque estemos en verano y el sol nos amodorra la vista, valdría la pena mantener los ojos bien abiertos.

    No vaya a ser que la próxima señal que ignoremos sea la que podría habernos ahorrado un problema… o regalado una aventura.

  • Una cuestión de celos.

    Empieza agosto.

    Treinta y un días por delante que, año tras año, se llevan el título de los más vacacionales del calendario.

    En Lanzarote y La Graciosa el turismo lo llena todo: playas abarrotadas, terrazas repletas, hoteles sin camas libres.

    Lo curioso es que, aunque hay más gente, el gasto no acompaña. El bolsillo aprieta incluso cuando el sol afloja.

    Pero hoy no quiero hablar de turistas ni de consumo. Quiero hablar de celos.

    Porque agosto, aunque no lo parezca, nació de un ataque de celos.

    El octavo mes del calendario debe su nombre al emperador romano Octavio Augusto. Su tío, Julio César, ya había inmortalizado el suyo en julio.

    Y Augusto, que de poder iba sobrado pero que carecía de modestia, decidió que él también merecía su propio espacio en el almanaque.

    Celos imperiales, pura competencia familiar.

    Así que cada vez que el calendario marca agosto, no vemos días, vemos celos: treinta y uno, para ser exactos.

  • Motivación

    Tener a la gente motivada no es un lujo: es una necesidad.

    Y la motivación real no se impone, se inspira.

    En eso, Cova Bertrand marca la diferencia. Líder nata, emprendedora incansable, de esas personas que no esperan a que las cosas cambien: las cambian ellas mismas.

    Siempre construyendo, siempre aportando valor.

    Y para quienes aún crean que la motivación no se puede ver, aquí va una prueba: dos compañeras de nuestras tiendas en Tenerife (Vanesa y Sara), con una sonrisa que dice más que mil discursos, sosteniendo su diploma de aptitud con el orgullo de quien sabe que está en el camino correcto.

    Esto no va solo de formación. Va de actitud, de propósito y de futuro.

  • Milagro de la naturaleza.

    Ayer estuve en Yaiza, revisando nuestra última plantación de aloe.

    Han pasado algunas semanas desde que los plantamos y ya se ven los resultados. Las plantas han enraizado.

    El verde empieza a imponerse al gris. El volcán se vuelve fértil.

    El picón nos recuerda algo fundamental: muchas veces, los recursos más valiosos están justo debajo de nuestros pies.

    Que algo negro, áspero, surgido de las entrañas ardientes de la tierra, pueda considerarse milagroso, ya es en sí una paradoja​.

    El picón, como el agua, no se agradece con palabras. Se respeta. Se honra. Se bendice.

  • Viento en popa.

    La primera vez que subí a uno de sus barcos, lo gobernaba el patriarca de los Romero, don Juan Romero.

    Hombre de mar y de silencios, de los que entendía que timonear no era solo cuestión de brújulas, sino de memoria y carácter.

    El barco se llamaba —y sigue llamándose— Jorge Luis , porque la familia nunca permitió que se hundiera ni en el agua ni en el recuerdo.

    Lo mantuvieron a flote como quien cuida una reliquia: no solo por lo que fue, sino por lo que representa. Génesis de una empresa familiar que convirtió el océano en puente, no en barrera; en camino, no en frontera.

    Ayer, en Gran Canaria, Líneas Romero fue distinguida con el accesit a la Sostenible en los Premios Pymes del Año Las Palmas 2025, otorgado por las Cámaras de Comercio de Las Palmas, Fuerteventura, Lanzarote y La Graciosa, con el patrocinio del Banco Santander.

    Un reconocimiento que no premia modas pasajeras, sino convicciones profundas: la sostenibilidad, entendida como respeto —al mar, a las personas, al porvenir de estas islas nuestras.

    El legado de don Juan Romero y doña Juana Toledo sigue navegando con viento firme. A toda vela.

    Enhorabuena a toda la familia de Líneas Romero.

  • La importancia de las alas.

    Anoche, viendo una entrevista por televisión, le preguntaron a un empresario español del sector alimentario —de esos que figuran en Forbes por méritos propios, no por casualidad— cómo veía el futuro de nuestro país, teniendo en cuenta las incertidumbres que lo atraviesan.

    El empresario no respondió con cifras, ni con gráficos. Respondió con una historia. Una historia con alas.

    Contó que había una vez un ave, enorme, imponente, suspendida sobre una rama frágil. Desde abajo, alguien —llámalo curioso o prudente— le gritó si no temía que la rama cediera.

    El ave, sin inmutarse, respondió:

    —No me preocupa la rama. Confío en mis alas.

    Y en ese instante, la fábula dejó de ser fábula. Porque lo que parecía cuento era en realidad sentencia.

    Confía en tus alas.

    No en el árbol. Ni en la rama. Ni en el bosque entero.

    Tenemos que construir nuestras propias alas.

    Conocimientos.
    Habilidades.
    Resiliencia.

    Porque cuando todo se tambalea —el sistema, el mercado, la política, incluso la rama en la que estás apoyado— lo único que garantiza que no caerás es tu capacidad de volar por ti mismo.

    No esperemos a que la rama se rompa para descubrir si sabemos volar.

  • Bridemos!!

    Dicen —y dicen bien— que las buenas ideas no nacen: germinan. Se cuecen a fuego lento, se riegan con terquedad, se sueñan despiertas.

    Y un día —un día cualquiera que se vuelve especial— florecen.

    Hoy es ese día.

    Después de trasegar ilusiones, destilar pruebas y fermentar esfuerzos, les presentamos con orgullo nuestra más reciente criatura: Vulcanaloe —la cerveza con  ​aloe.

    Sí, han leído bien.
    Aloe vera. Y cerveza.
    ¿Una locura? Tal vez.
    ¿Una apuesta? Sin duda.
    ¿Nuestra? Por completo.

    Porque esto no es solo una bebida: es un punto de encuentro entre lo que fuimos, lo que somos y lo que aún no sabemos que seremos.

    Un brindis entre lo viejo y lo nuevo, entre lo de siempre y lo nunca visto.

    Una mezcla (peligrosa y deliciosa) de tierra volcánica y cabeza en las nubes.

    Vulcanaloe no llega para hacer ruido, sino eco.

    ​De momeento se ​vende —con coquetería— en el Museo de Yaiza y Punta Mujeres, ​ pero llegará más lejos. 

    Paso a paso. Sin estridencias. Como deben hacerse las cosas que valen la pena. 

    ​Este brindis no es solo por lo que sale en la etiqueta, sino por quienes están detrás de ella.

    Por el equipo que lo sueña todo, lo trabaja todo y lo da todo.

    Brindamos por Vulcanaloe.
    Y por todo lo que aún está por venir.

    ¡Salud, cerveza y aloe! 

  • …si eso.

    Llevo días —no horas ni minutos, sino días enteros— debatiéndome entre el pudor de callar y la urgencia de escribir sobre el asunto. 

    Al final, ha ganado el verbo. 

    El absentismo laboral que estamos viendo en Canarias no es una broma. Ni una exageración. Es una realidad que empieza a tener los tintes oscuros de la alarma. 

    Está alcanzando niveles que comprometen la supervivencia de servicios públicos y de muchísimas pequeñas y medianas empresas que, día a día, pelean por no hundirse.

    Empresas  que sostienen, con uñas y dientes, gran parte del tejido económico de las islas.

    Vaya por delante algo que no necesita explicación, pero que conviene repetir para los torpes y los malintencionados: la salud de los trabajadores es sagrada. Repito: sagrada. Hay que cuidarla, protegerla, mimarla si hace falta.

    Y no hay empresa digna que no lo sepa. Sin salud no hay trabajo ni dignidad. Y es deber de todos —emprendedores, directivos, administraciones— mejorar las condiciones laborales, proteger, cuidar, construir entornos sostenibles y humanos.

    Pero luego están esas otras cosas. Las que te encienden la sangre. Las que te dejan con la mandíbula apretada.

    El otro día fui testigo de una escena tan banal como reveladora. 

    Viajaba en el transporte público, ese confesionario sin cura y con testigos, cuando dos muchachas (veinticuatro, veinticinco años, a lo sumo) se dedicaban a rememorar con entusiasmo una noche de fiesta reciente que había acabado a las 7:00 de la mañana. 

    Nada que objetar a eso. A nadie se le niega el baile. Pero luego, entre risas y selfies mentales, una de ellas soltó, como quien se pide un cortado: “Yo sigo de baja. No sé si ya para mediados de agosto me reincorporo… si eso.”

    No se puede generalizar, por supuesto. Sería injusto. Pero lo que sí se puede —y se debe— es actuar. Porque estos abusos, estos pequeños fraudes cotidianos, están dañando algo mucho más importante que un parte médico: están minando la confianza en el sistema, están hundiendo la moral de los que sí madrugan, sí cumplen, sí se parten el lomo.

    Y si no empezamos a tomar cartas en el asunto —con valentía, con seriedad, sin populismos pero también sin paños calientes— acabaremos viviendo en un país donde ser honesto sea cosa de idiotas.

    Estamos hablando de ética. Y sin ética compartida, no hay futuro posible.

  • Ciudadanos de Fuerteventura.

    Hace unos días me vino a la cabeza, como quien tropieza con una vieja fotografía descolorida, la inauguración del terreno de Lucha Canaria en La Graciosa.

    Corría el año 1987 (19 de julio), y la fecha coincidía con las Fiestas del Carmen. Ese ritual marinero que en las islas pequeñas se celebra como si cada verano fuera el último.

    Porque allí el mar lo es todo, y las tradiciones no se repiten: se heredan.

    Fue un evento grande, de los que marcan época.

    Un momento histórico que reunió a lo más representativo de la política canaria, a nuestros líderes insulares y municipales.

    Lo traigo a la memoria ahora que se acercan de nuevo las fiestas, no tanto por el acto en sí como por una anécdota que ha sobrevivido, terca, en mi recuerdo.

    Cada vez que paso delante de ese recinto deportivo me viene a la cabeza la escena como si no hubiera pasado un cuarto de siglo.

    Era la hora de los discursos. Le tocaba hablar al Delegado del Gobierno, que entonces era Eligio Hernández, a quien el destino tenía reservado el sillón de Fiscal General del Estado y a quien El Hierro, su tierra, recordaba como el Pollo de El Pinar, no por gallináceo sino por bregador. 

    Eligio tomó el micrófono con seguridad, pero cometió un error de esos que parecen menores… hasta que no lo son.

    “Ciudadanos de Fuerteventura…” dijo.  

    El murmullo fue inmediato. Un rumor de sorpresa sacudió a todo el recinto,  la incredulidad contagio a todos los vecinos de La Graciosa.

    Se miraban unos a otros sin entender si aquello era un error, una falta de respeto o simplemente una metedura de pata.

    Eligio, para su mérito, se dio cuenta al instante. Y reaccionó como buen luchador: giró sobre su error, lo tomó por la pechera y lo convirtió en oportunidad.

    “De Fuerteventura… de La Graciosa, de Lanzarote, de Tenerife, de La Palma…”

    Y así, uno por uno, fue desgranando el rosario del archipiélago canario hasta no dejarse ni una isla en el tintero.

    De aquella anécdota, me quedo con una enseñanza:
    Equivocarse es humano; corregir con determinación, es de valientes.

    Y eso, en cualquier terreno —ya sea de lucha, de empresa o de vida— marca la diferencia.

  • Compensa??

    Nos acordamos de Santa Bárbara solo cuando truena. Y del aeropuerto de Los Rodeos, cuando no opera.

    No soy una excepción: cada vez que quiero volar a Tenerife Norte y me cancelan o desvían el vuelo por “causas meteorológicas”, me acuerdo de que tenemos un problema estructural.

    En los últimos días se han cancelado y desviado decenas de vuelos. No es anecdótico. Es un patrón. 

    Y lo peor no es solo el trastorno individual de los pasajeros (aunque lo sufren): lo preocupante es el efecto dominó que esto tiene sobre todo el sistema. Vuelos alterados, rutas reprogramadas, pérdidas operativas, costes logísticos, tiempo improductivo. Todo suma. O mejor dicho: todo resta.

    Aterrizar en Los Rodeos tiene el encanto de la inmediatez: bajar del avión y, en un suspiro, pisar La Laguna o Santa Cruz. 

    Pero a cambio, muchos días del año, se viaja con el suspense de Hitchcock: uno no sabe si aterrizará donde quiere o donde pueda. 

    El destino no lo decide el billete, sino la nube.

    Tener infraestructuras críticas que fallan con frecuencia no es eficiente, no es rentable y no es sostenible.

    Un aeropuerto que no vuela cuando se necesita, no es un recurso: es un coste.