
Manuel Hernández vivía en la calle Las Casillas, en el pintoresco pueblo de Máguez, en la isla de Lanzarote. Su oficio, barbero.
Pero como la mayoría en los años 50, 60, 70 y hasta bien entrados los ochenta, dedicaba tanto tiempo al campo como a su navaja.
Porque en aquellos tiempos, sobrevivir era un arte, y había que ser un maestro en todo: en la barbería, en la tierra y, cómo no, en la vida.
Dicen los que lo conocieron que tenía un estilo muy suyo para trabajar: se ensalivaba los dedos con la confianza de quien lleva toda una vida haciendo las cosas a su manera.
Luego, con la navaja bien afilada, trasquilaba los mechones con la precisión de un reloj suizo. Y, oye, quedabas listo para conquistar el día.
En Máguez, como en el resto del norte de la isla, nadie se libraba de un «nombrete».
Era más común que te conocieran por tu apodo que por lo que ponía en tu partida de nacimiento. Y Manuel no era una excepción: todos lo llamaban Manuel Relevo.
Aquí viene lo bueno.
Un día, mientras descansaba en casa con su mujer, la señora Manuela, un chiquillo, mandado por algún mayor, llegó a su puerta. Desde la calle, el muchacho soltó a pleno pulmón:
—¡Relevooo! ¡Manolaaaa!
Y entonces sucedió.
En dos segundos, Manuel salió por la puerta. Pero no a gritar, no a perder los papeles. A enseñar algo que hoy escasea. Y con mucha educación, pero firme como una roca, le espetó al muchacho:
—Oiga, monifato —dijo, con esa mezcla perfecta de firmeza y cortesía que pocos dominan—, a mí me llama Don Manuel. Y a mi señora, Doña Manuela.
El chiquillo, probablemente más asustado que educado, respondió como pudo:
—Sí, seño Manue.
El pueblo entero se quedó con la anécdota. Porque no solo fue divertida. Fue una lección. Una de esas que no se olvidan.
Porque con ese pequeño gesto, Don Manuel nos recordó algo que no deberíamos olvidar: el respeto es muy bonito.
Y además, nunca pasa de moda.
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