
Vivimos tiempos en los que todo, absolutamente todo, acaba en los tribunales.
Ya no hay margen para hablar, negociar o, al menos, aclarar las cosas cara a cara.
No. Ahora todo se reduce a un seco: «nos vemos en el juzgado».
Nuestros padres y abuelos cuentan que, no hace tanto, un simple apretón de manos bastaba para sellar un acuerdo.
Palabra dada, trato cerrado. Y si alguien lo rompía, lo que rompía también era su prestigio y reputación.
Hoy, en cambio, vivimos en un país donde la picaresca es deporte nacional y los abogados hacen su agosto los doce meses del año.
Viene esto a cuento de una historia que ocurrió hace años en el norte de Lanzarote, en un pueblo donde las disputas solían arreglarse en la plaza y no en los tribunales.
Pero aquella vez no hubo más remedio. Dos vecinos, más tercos que mulas, se disputaban la misma propiedad.
Sin acuerdo posible, llevaron el asunto a juicio.
En el estrado, como testigo, llamaron a una vecina de ambos.
Se trataba de una señora de ochenta y muchos años, que tenía la mirada de quien ha visto lo suficiente y un aplomo de quien ha vivido demasiado como para impresionar a estas alturas.
El juez, con la solemnidad del caso, entonó la fórmula de rigor:
—¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
La señora lo miró, respiró hondo y, sin inmutarse, respondió:
—Empiece a ver…
Silencio. Luego, una carcajada breve y seca, porque hasta el juez entendió que hay frases que llevan más verdad de la que parecen.
¿Dijo la verdad? ¿No la dijo? Vaya usted a saber. Lo único seguro es que la justicia tiene sus caminos, pero la sabiduría popular los conoce todos.
Deja un comentario