
Los amaneceres de febrero en Lanzarote tienen ese frío que corta, el que sientes más si has crecido en la isla y sabes que aquí el invierno no avisa, pero se siente.
El sereno de la madrugada cubre Tahiche. La tierra amanece tranquila, ajena a lo que está por ocurrir. Todo sigue su curso. Hasta que deja de hacerlo.
Él, como cada mañana, sale a dar el primer paseo del día. Nada parece diferente. No hay señales. No hay advertencias. Solo un día más en su rutina. Pero no lo será.
A la misma hora, un camionero aparca frente a la farmacia del pueblo. Baja, entra en la botica. No hay prisa. No tiene por qué haberla.
Pero entonces, sin previo aviso, sin lógica, sin razón… el camión empieza a moverse. Sin control. Sin remedio.
No hay segundas oportunidades. No hay botón de pausa.
El desenlace es fatal. Triste. Injusto. Pero la vida no pregunta. Nunca lo hace.
Hoy lamentamos la pérdida de quien no pudo despedirse. Y sentimos en el alma la carga de quien vivirá con un peso difícil de llevar.
La vida es incierta. Y es precisamente esa incertidumbre la que nos obliga a aprovechar cada momento. A vivir con intensidad. Porque en cualquier instante, todo puede cambiar.
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