
No tenía ni la más remota idea de quién era Ana Ibáñez. Hasta ayer.
La escuché en unas jornadas sobre talento en Arrecife, y vaya si tenía algo que decir.
No solo sabe de lo que habla —que ya es raro en estos tiempos—, sino que además lo cuenta con esa claridad implacable de quien domina su oficio.
Neurocientífica, ingeniera y—porque el destino a veces tiene estas ironías—piloto de helicóptero, a pesar de que, como confesó, en su día le tenía un pavor absoluto a volar.
Lo enfrentó, lo superó y ahí está la clave de su discurso: el cerebro humano es capaz de aprender, adaptarse y sobreponerse a lo que haga falta si se le enseña cómo.
Ibáñez no vino a Lanzarote a vender humo ni a soltar frases motivacionales de azucarillo. Ofreció herramientas reales, estrategias concretas, aplicables a la vida diaria.
Porque al final, da igual cuántos libros leamos, cuántos cursos hagas o a cuántas conferencias asistas. Si no pones en práctica lo aprendido, de nada sirve.
Y eso, bien mirado, es la verdadera enseñanza.
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