
Llegó la hora de refajarse. Una expresión nuestra, de las de antes, de las que huelen a familia, a armario de riga.
Una palabra que, como tantas otras, el tiempo ha ido dejando de lado, arrinconándola entre los olvidos.
Eran tiempos en los que se abrían baúles, se removían perchas con la urgencia de un explorador en busca de un tesoro, y de allí salían telas, sombreros y chaquetas que habían visto más fiesta que tú.
Nada de disfraces de plástico comprados a última hora. Aquí se improvisaba, se sudaba la búsqueda y se disfrutaba el hallazgo.
En Lanzarote refajarse en Carnaval es también soltar amarras, es dejar el qué dirán y disfrutar como si no hubiera un mañana.
Es desmelenarse. Es perder la vergüenza. Es soltar el freno de mano y salir a la calle como si no hubiera un mañana.
Porque en Carnaval no hay medias tintas: o te sumerges en el juego o te conviertes en espectador.
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