Me lo apunta.

No sé qué tienen estos primeros días de marzo (supongo que la lluvia), pero me ha puesto nostálgico.

El otro día vi una fotografía de un comercio de los de antes, de esos que huelen a aceite y vinagre, y me vino a la cabeza una expresión que lo decía todo: «Me lo apunta.»

Tres palabras que eran mucho más que un aval. Eran un sello de confianza.

Una garantía de cobro sin letra pequeña ni abogados de por medio. Nada que ver con lo de ahora.

Recuerdo perfectamente aquellos años en los que hacer los mandados de la casa era casi un rito.

Salía sin un duro y, al final de la lista, decía con la naturalidad de quien invoca una ley inmutable: «Dice mi madre que se lo apunte.»

Y se apuntaba. 

Sin preguntas, sin miradas desconfiadas, sin letra pequeña. Porque la confianza era capital social, y en mi pueblo, la gente lo entendía bien.

Había media docena de tiendas, y ninguna dudaba en fiar. No porque fueran ingenuos, sino porque en un pueblo, el valor más importante no era el dinero, sino la palabra. 

Porque la gente confiaba en la gente. Y eso, créame, valía más que cualquier tarjeta de crédito.

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