

Ayer, martes de Carnaval, vi El 47, la película de Marcel Barrena, la más laureada en los Goya 2025.
No me sorprende: tiene todo lo que hace falta para removerte por dentro.
Lo que más me sacudió no fue la historia en sí, sino su protagonista, Manuel Vital. Un tipo de los que ya no quedan.
Un hombre de esos que sostienen el mundo sin hacer ruido. Al verlo, pensé en alguien que conocí de niño: Nicolás, el de la guagua.
Dos hombres separados por décadas y circunstancias, pero unidos por algo que no se aprende ni se compra: la generosidad y el sentido del deber.
No voy a contarte la trama de El 47. Ya la verás.
Lo que sí voy a contarte es la historia de Nicolás, porque también merece ser recordada.
A las cinco en punto de la madrugada arrancaba la guagua en Máguez, camino de Arrecife. Si alguien llegaba tarde, lo esperaba. Porque Nicolás no era de los que dejaban a nadie atrás.
En una época en la que pocos tenían coche, él hacía los recados de los vecinos en la capital.
Pero si hay algo que lo convirtió en una leyenda fue esto: traía medicinas. En aquellos años, el norte de Lanzarote no tenía farmacia, y él se encargaba de que a nadie le faltara lo que necesitaba.
No llevaba capa, ni salió en los Goya, pero Nicolás fue un héroe. De los de verdad. De los que hacen que, al recordarlo, se te encoja un poco el pecho y pienses: qué suerte haberlo conocido.
No hubo película sobre él. Pero Nicolás hizo lo que hacen los hombres de verdad: cumplir con su gente sin esperar aplausos.
Por eso, ayer, mientras veía El 47, me encontré de golpe con mi infancia, con un tiempo que ya no existe y con la certeza de que hubo gente que, simplemente por estar, hizo de este mundo un lugar mejor.
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