

Hace unos días asistí a un desayuno moderno en el Palacio Ico de Teguise. Ya sabes, esos que empiezan a media mañana, terminan cuando a nadie le queda hambre y que los modernos insisten en llamar brunch—porque todo suena mejor con un nombre cool.
Más allá del nombre, la experiencia fue espectacular. Ubicación inmejorable, atención impecable y un entorno que es puro valor añadido.
El Palacio Ico no es solo un edificio con historia, es una joya arquitectónica con siglos sobre sus muros.
Es un ejemplo claro de cómo restaurar, respetar y potenciar el patrimonio sin perder rentabilidad.
Un modelo de lo que deberíamos hacer más en esta isla: apostar por la calidad, no por la cantidad.
Su patio es una joya. Un espacio que conecta con nuestras raíces, con esa esencia que no se puede comprar ni replicar.
Y allí, entre el blanco de las paredes y la calidez de la piedra, me encontré con dos aloes. Resistentes, auténticos.
Como el propio palacio, llevan ahí siempre. No necesitan marketing ni explicaciones. Son prueba de que lo que realmente vale, perdura.
Deja un comentario