
Un estudio —de esos que solo confirman lo evidente— dice que en España la polarización ha aumentado un 35% en los últimos cinco años. Vaya sorpresa.
Vivimos en una época donde la razón ha sido reemplazada por la consigna. O eres de los buenos o de los malos. Progresista o reaccionario. Ilustrado o demagogo. No hay matices, no hay dudas, no hay espacio para el pensamiento crítico.
No existe una carretera intermedia ni un refugio seguro. Un día eres un referente intelectual; al siguiente, enemigo público número uno.
El gris ha muerto. Solo queda el blanco o el negro. Estás con nosotros o contra nosotros. Héroe o villano.
Es el signo de los tiempos.
Pero lo peor no es la histeria colectiva. Es la ausencia de alguien con el coraje suficiente para frenarla.
No veo en el horizonte a nadie dispuesto a encaminar esta sociedad hacia la sensatez. Tal vez porque la sensatez ya no interesa.
Lo que vende es el ruido.
Pero aquí va una verdad incómoda: la realidad no funciona así. Ni la vida, ni los negocios, ni el progreso han sido jamás cuestión de trincheras. Siempre han dependido del equilibrio, de la adaptabilidad, de la capacidad de leer el contexto.
Y, sin embargo, seguimos jugando a los bandos.
Como si tener razón fuera más importante que entendernos.
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