
No es fácil encontrar gente que haga las cosas bien. La mayoría cumple con lo justo, sin complicarse.
Tenemos la suerte de contar con un equipo que no solo trabaja: entiende lo que hace y por qué lo hace.
El otro día pasé por una de nuestras tiendas. Me gusta hacerlo de vez en cuando, tocarle el pulso a la empresa y, sobre todo, hablar con el equipo.
Porque un negocio no es solo números y productos: es la gente que lo saca adelante.
Nada más entrar, vi a una compañera atendiendo a unos clientes británicos. No solo les vendía algo. Les contaba, con convicción y buen hacer, que aquí no ofrecemos simples productos de aloe, sino salud, bienestar y felicidad. Olé, olé y olé.
Cuando los clientes terminaron su compra, la felicité.
Lleva poco tiempo con nosotros, pero ya ha comprendido algo fundamental: esta empresa no se construye vendiendo cosas, sino transmitiendo experiencias.
Y entonces me vino a la cabeza aquella vieja historia.
La de un clérigo que visitaba la obra de una catedral y preguntó a dos trabajadores qué estaban haciendo.
Uno respondió sin levantar la vista: “Colocando ladrillos”. El otro, en cambio, miró al cielo y dijo: “Estoy construyendo una catedral”. Ole, ole y ole.
Esa es la diferencia entre los que cumplen y los que dejan huella.
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