

Hacía algún tiempo que no lo veía.
Y cuando por fin me lo encontré, estaba igual que siempre: enamorado de su valle, rodeado de animales y con esa paz de quien sabe que ha encontrado su sitio en el mundo.
Me habló de sus tomates—«eso sí que son tomates», dijo con el orgullo de quien conoce el sabor de verdad—y de su huerto, su tierra, su paraíso.
No hace falta que lo diga: es un hombre que pertenece al campo tanto como el campo le pertenece a él.
No sé exactamente cuándo llegó a Lanzarote, pero da igual. Porque es uno más.
Porque habla de la isla con la admiración de quien ha decidido adoptarla como propia. Como dijo Saramago: «No es mi tierra, pero es tierra mía».
Y luego está su cocina. Nizar no cocina, crea.
No sigue recetas, sino que las reinventa. Y lo hace con una devoción casi sagrada.
Quizás por eso sigue teniendo fieles que, cada cierto tiempo, necesitan volver. No por costumbre. Por necesidad.
Porque cuando pruebas su comida, lo entiendes. Y cuando la pierdes, la echas de menos.
Pero no es solo la comida. Es la sobremesa.
Porque detrás de ese hombre que parece haber hecho un pacto con la tranquilidad, hay una mente brillante. Es hombre de ciencias y de letras, de los que saben escuchar y hablar cuando toca.
Llegó de Siria hace una eternidad para estudiar ingeniería en Madrid y terminó en Lanzarote, donde ahora nos regala su cocina y su compañía.
No sé si lo tenía planeado o si fue el destino el que le puso aquí, pero, a juzgar por cómo habla de esta tierra, uno diría que siempre perteneció a ella.
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