Frangollentos.

Las palabras tienen vida propia.

Algunas palabras nos acompañan cada día. Otras duermen en el baúl de los recuerdos, esperando su momento.

Y cuando ese momento llega… ahí están. Te sorprenden, te sacan una sonrisa, y te llevan de vuelta a otro tiempo. A otras personas. A otra forma de hablar.

Ayer mismo, una compañera de trabajo me contaba, entre enfadada y resignada, el desastre que le habían dejado unos pintores en su casa: brochazos mal dados, gotas por todo el suelo… un auténtico despropósito.

Y sin pensarlo, me salió del alma: “Es que son unos frangollentos.”

Años sin decir esa palabra. Años sin oírla. Pero ahí estaba. Salió sola, certera, como si siempre hubiera estado agazapada en mi lengua, esperando su turno.

Porque el idioma es así. No elegimos las palabras al azar: la memoria selecciona con puntería. Escoge la mejor. La que lo dice todo. La que encaja como un guante.

Y frangollento es una de esas. No se limita a describir: sentencia. No explica: deja claro. No se enrolla: te lanza la imagen directa a la cabeza.

Por eso el lenguaje es poder.

Porque la palabra justa, en el instante preciso, no solo comunica: abre puertas. Como una llave perfecta en su cerradura.

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