
Cuando a primera hora de la mañana se te planta delante un grupo de escolares con más curiosidad que años, sabes que el día va a ser bueno.
Muy bueno.
Preguntan, tocan, se ríen, se asombran. Y lo mejor de todo: escuchan.
Se empapan de lo que les contamos, se quedan con lo que ven y se lo llevan puesto en forma de anécdotas que esta tarde soltarán en casa como si fueran expertos en aloe.
Hoy nos han visitado en el Museo del Aloe en Arrieta.
Y gracias a nuestra compañera Sheila, no ha sido una visita más. Ha sido una experiencia que seguro no van a olvidar. Ni ellos… ni nosotros.
Porque compartir lo que sabemos con los más pequeños es un lujo.
Concienciarlos sobre el valor de lo nuestro, más aún.
Y plantar en ellos la semilla de la sostenibilidad, eso ya no tiene precio.
Hoy terminamos el día con una sonrisa tonta y el corazón un poquito más lleno.
Gracias, chinij@s.
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