
De niño, ver lentejas en el plato era sinónimo de tragedia.
No entendías por qué alguien en su sano juicio querría comerse eso.
Pataletas, lágrimas, amenazas de huelga de hambre… daba igual. Nadie iba a cambiarte las lentejas por papas fritas con huevo.
Entonces venía la explicación: “Son buenas para el hierro” —decían— como si a un niño de seis años le importaran las vitaminas.
Y, por si aún te quedaban dudas, ahí estaba tu madre, líder absoluta del hogar, firme como un regimiento de infantería en retirada, dictando la sentencia inapelable:
—Si las quieres, las tomas. Y si no, las dejas.
Pero el subtexto era claro: las tomas. Porque lo de dejarlas nunca fue una opción.
Con los años, lo que antes despreciabas, hoy lo valoras como un tesoro. Descubres el peso real de lo que parecía insignificante.
Y sin darte cuenta, un día estás en la cocina, preparando un potaje de lentejas.
Te gusta. Te reconecta con tus raíces. Te recuerda quién eres y de dónde vienes.
Las lentejas —como tantas cosas en la vida— solo se valoran cuando entiendes lo difícil que es tenerlas en la despensa.
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