
Esta mañana llegó a mi despacho, una compañera con cara de pocos amigos.
Se le notaba el enfado en los ojos, en los hombros, incluso en la forma de cerrar la puerta.
No hizo falta que dijera nada: estaba encendida por dentro.
Venía de la Calle Real, de hacer unas gestiones para la empresa.
Llegó tan acelerada, tan cargada de ganas de soltar lo que llevaba dentro, que se dejó el móvil olvidado en la cafetería.
Me dijo que nos habían criticado. Que estaban hablaban mal de la empresa.
Y siguió enumerando un sinfín de comentarios falsos, malintencionados y completamente alejados de la realidad, que había escuchado en la cafetería.
Vamos, el menú degustación del que no tiene ni idea, pero sí mucho tiempo libre.
La dejé desahogarse. Luego la invité a sentarse y le pedí que respirara.
Le dije algo que tengo muy claro desde hace años: el éxito tiene un precio.
Y uno de ellos es la exposición. Cuando haces las cosas bien, cuando avanzas, cuando destacas… te conviertes en tema de conversación. Y no siempre para bien.
Vivimos en una sociedad que se apresura a criticar y tarda una eternidad en reconocer el mérito ajeno.
Y le recordé algo que nuestros colaboradores no pueden olvidar:
El aloe, además de calmar la piel, también nos enseña a calmar el ego.
Lejos de afectarnos, estos comentarios deben servir para reforzar lo que somos, con humildad y paciencia.
Porque al final: cuando alguien nos critica sin conocernos, está hablando mucho más de sí mismo que de nosotros.
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