
Hay una edad —a partir de los 50— en la que si te quedas sin curro, el runrún mental empieza a apretar.
“Nadie me va a contratar.”
“Soy viejo.”
“El mercado va demasiado rápido para mí.”
“No estoy al día con la tecnología.”
Frases que no dices en voz alta… pero que te taladran por dentro.
Y lo peor no es pensarlas, lo peor es creérselas.
Porque entonces dejas de moverte. Dejas de intentarlo. Y ahí es cuando empiezas a perder.
En nuestra empresa lo vemos de otra manera.
Nosotros tenemos colaboradores con más de 50 años.
Y no están ahí por compasión ni por cuota.
Están porque funcionan. Porque aportan valor real.
Son personas con experiencia, comprometidas, con una ética de trabajo sólida y con una capacidad de análisis que solo te da el tiempo.
Saben lo que es atravesar crisis, reinventarse, adaptarse.
Tenemos a varios trabajadores de más de 60 años y
no solo trabajan bien: ilusionan al resto del equipo.
Tienen energía, tienen ganas, tienen oficio.
Todo eso nos reafirma en algo que tenemos claro:
El talento no tiene edad. Tiene actitud.
Y cuando se encuentra, se contrata. Porque suma.
Deja un comentario