Ni de fe, ni de sotanas.

Cada día me resulta más desconcertante —por no decir inquietante— constatar hasta qué punto el pasotismo se ha convertido en una epidemia social.

Una suerte de anestesia colectiva.

Nos importa todo un carajo, dicho en castellano claro. Y eso, es para hacérselo mirar.

No es un problema de generaciones, ni de ​jóvenes pegados al móvil, ni de viejos que no se enteran.

Lo escucho en la boca de ​chicos y de ​grandes, de universitarios y de jubilados.

Lo transversal del desinterés da escalofríos.

Y no. No nos tiene que dar igual todo.

Porque por ahí se empieza: por el “qué más da”, el “yo paso”, el “no es mi problema”.

Y cuando queramos darnos cuenta, ya será demasiado tarde.

Hoy se nos ha ido un Papa.

Uno de los buenos, si es que todavía queda margen para usar esa palabra sin sarcasmo.

Y malo de aquel que suelte un “¿Y a mí qué?”. Porque no se trata de fe, ni de sotanas. Se trata de valores.

Francisco, durante 12 años, fue una voz incómoda dentro de una maquinaria demasiado acostumbrada al incienso y al silencio.

Habló de los pobres, de los invisibles, de los desahuciados del mundo.

No gustó a todos. Y eso, en estos tiempos de tibieza y postureo, ya dice bastante.

Durante su papado dejó colocados al ​80% de los cardenales que ahora, en pocos días, elegirán a su sucesor.

Una jugada de ajedrez digna de estudio.​ De los 135 cardenales electores actuales, 108 fueron designados por él.

Veremos si la semilla que plantó germina o la pisotean entre todos antes de que brote.

Necesitamos líderes que incomoden, que representen a los que no tienen poder y que nos obliguen a mirar donde no queremos mirar.

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