
En los próximos días vamos a oír mucho la palabra cónclave.
Curiosamente, su origen viene del latín medieval: cum clave, que significa “con llave” o “bajo llave”. Me pareció potente.
Porque eso es exactamente lo que harán los cardenales a comienzos de mayo: se encerrarán, literalmente bajo llave, hasta que salga ese humo blanco que anuncia un nuevo Papa.
Y me hizo pensar.
Las llaves están en todas partes, pero rara vez les damos importancia.
Sirven para abrir… y para cerrar.
Personalmente, prefiero las que abren. Las que dan paso a nuevas etapas, a decisiones importantes, a puertas que antes estaban cerradas.
Incluso cuando vienen con incertidumbre, prefiero abrir que quedarme atrapado.
Cerrar puede ser necesario, sí. Pero si solo cierras, te estancas.
Ahora que vienen momentos de elección —y no hablo solo del Vaticano—, es clave saber qué hacer con la llave que tenemos en la mano.
Porque todos la tenemos.
Ojalá sepamos usarla para abrir.
Para abrir la mente, el diálogo, las oportunidades. Para aprender, crecer, avanzar.
Porque los grandes cambios no se hacen desde el encierro, sino desde la visión.
No hay peor encierro que el de la ignorancia, ni llave más inútil que la que solo sirve para atrancar lo que no queremos ver.
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