Colapso.

A veces se nos olvida —o hacemos como que no lo sabemos— que todo, absolutamente todo, puede cambiar en décimas de segundo.


Así, sin aviso. Sin margen de maniobra.

Vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo… pero en realidad, estamos siempre a un suspiro de que todo se nos vaya al carajo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché la palabra colapso.


Era apenas un niño, correteando entre las calles de tierra y polvo de Máguez, mi pequeño pueblo natal.


Un día, un hombre del pueblo —un paisano que había vivido más de cien años y que, pese a su edad, seguía estando sorprendentemente fuerte— falleció de forma repentina.


La explicación fue tan sencilla como contundente:
«Le dio un colapso», dijeron.

Y no se habló más. Nadie cuestionó la causa. Era un hecho consumado.

Con el tiempo descubrí que hay colapsos de todos los sabores: energéticos, políticos, económicos, sanitarios, ambientales… Lo que quieras.

La vida no avisa.
No negocia.
Y cuando te pega, no pregunta si estás listo.

Así que, ya que estamos aquí, mejor no dejar para mañana las ganas, los abrazos, los sueños y las decisiones importantes.

Porque el colapso puede llegar en cualquier momento.
Y entonces, amigo, no habrá más turnos de réplica.

Comentarios

Deja un comentario