
A veces una imagen lo cambia todo. Nos conecta con una verdad que ya sabíamos, pero habíamos olvidado.
Esta mañana, Adrián —compañero y miembro del equipo de logística— me envió una fotografía. La tomó en el Museo de Arrieta, justo después de cambiar de banderas.
Las telas ondeaban al viento, solemnes y bellas.
Al ver la fotografía sonreí, lo confieso. Y acto seguido me vino a la cabeza una frase de las que no necesitan explicación.
La dijo Séneca, filósofo cordobés de toga y verbo afilado: “Ningún viento es favorable para quien no sabe a dónde va”.
Una verdad sencilla, pero demoledora. Y aplicable a todo: a una empresa, a un país, o a una vida.
Vivimos, a menudo, en mitad de mares revueltos, rodeados de ruido, de consignas huecas y brújulas sin norte.
En esos momentos —que son muchos—, conviene hacer una pausa. Detenerse. Mirar el horizonte con algo de lucidez y decidir hacia dónde apuntar el timón.
Porque lo peor no es el viento en contra. Lo peor es no saber dónde está el puerto.
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