
Hoy, volando de Canarias a la Península, ocurrió algo que te pone los pies en la tierra aunque estés a 11.000 metros de altura.
A poco más de media hora de aterrizar, la megafonía lanzó un mensaje claro y urgente: “¿Hay algún médico a bordo?”
Ese tipo de frases, en un avión, te cambia el enfoque al instante.
Todo lo que parecía importante hace un segundo, deja de serlo. Sólo deseas una cosa: que haya alguien capacitado para ayudar. Que, por suerte, la había.
Una pasajera se desvaneció. Y entre todos nosotros, había una doctora. Sin dudarlo, actuó. La atendió con calma, con profesionalidad. Poco a poco, la mujer se fue recuperando.
Al aterrizar, ya la esperaba un equipo médico.
Todo fluyó, como debe fluir: con preparación, con responsabilidad, con personas capaces donde más se necesitan.
Esta experiencia me recordó algo que intento aplicar en mi vida: rodéate de personas que aporten valor real. En tu familia, en tu equipo, en tu entorno.
No se trata de cuántos te acompañan, sino de quiénes están cuando las cosas se complican.
Gracias a todos los que me rodean, los que suman, los que no solo están en las fotos, sino en los momentos en los que se necesita actuar.
La vida, como los vuelos, tiene turbulencias. Lo importante es con quién las enfrentas.
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