Ya no quedan carozos.

Los recuerdo apilados, con su silueta áspera y dorada, en un rincón del patio de la vieja casa de Máguez. 

Eran tiempos en los que todo tenía su propósito. 

Allí aguardaban, pacientes, su turno para avivar brasas: en la matanza del cochino, en asaderos de sardinas junto a la costa, o —como en esta víspera de San Juan— para arropar con fuego lento a las piñas, antes de que la noche estallara en hogueras y alegría.

Hoy todo eso suena a cuento viejo, a historia de abuelo con la mirada perdida.

Pero no fue hace tanto. Antes de que el carbón empaquetado nos hiciera sentir modernos, los carozos eran el fuego de la casa.

Te hablo del carozo del millo. Lo que queda cuando el maíz ya dio todo lo que tenía.

Lo que muchos tiran, pero nosotros guardábamos como oro seco. Porque servía. Porque valía.

El millo, en Canarias, no fue solo un cultivo: fue resistencia, fue supervivencia.

Durante décadas sostuvo el crecimiento de nuestras islas, ofreciendo un grano más generoso y constante que el trigo.

Pero su historia es también la nuestra: la del gofio amasado en la palma de la mano, la del pan de millo.

Nunca faltaba. Ni en la olla, ni el alma.

Porque el millo no es solo maíz. Es cultura, es memoria y es pertenencia. Y en su carozo, aunque ya casi olvidado, se condensa el fuego discreto de nuestra identidad.

Comentarios

Deja un comentario