
Siete días. Con sus noches. Y me bastó.
Siempre tuve reparos con Colombia.
Cuando alguien lo mencionaba, mi cabeza se iba directa a imagenes de violencia, drogas, clichés.
Lo de siempre.
Y resulta que, como pasa tantas veces en la vida, estaba equivocado.
El país del realismo mágico, cuna de García Márquez y de Botero, está viviendo una nueva etapa.
Su gente no quiere heredar ni el miedo, ni el plomo del pasado.
Colombia es otra cosa.
Es un país que no solo te recibe, te abraza.
Con gente amable, trabajadora y con una sonrisa que te desmonta cualquier prejuicio en dos minutos.
Estuve en Medellín, en una de las ferias de cosmética y belleza más importantes de Latinoamérica.
Y te lo digo claro: no tiene nada que envidiarle a las ferias que se hacen en Europa.
Profesionalismo, visión, energía.
Todo lo que hace falta para jugar en primera.
Colombia, este país de café, talento y empuje, está a punto de convertirse en un hub serio para los negocios en esta parte del mundo.
Y lo va a lograr. No por suerte. Por trabajo.
Tiene dos activos que no fallan:
Su gente.
Y sus riquezas naturales.
Han sido 168 horas.
Lo justo para comprender que estaba equivocado.
Y lo suficiente para admirar la dignidad de un país que pelea cada día por contarse a sí mismo con otras palabras.
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