
Dicen que todo final es, en realidad, un principio encubierto.
Que cuando se cierra una puerta —incluso la de una tienda—, se abre otra que da a horizontes más tranquilos: una silla al sol, un libro sin prisa, un café caliente sin relojes al acecho.
Esta semana Sabine se nos prejubiló, sí. Pero no se va del todo.
Porque quienes han hecho bien su trabajo, y además lo han hecho con elegancia, nunca se van del todo.
Esta compañera deja atrás mucho más que un hueco en nuestra tienda de La Laguna: deja ejemplo, profesionalidad y una forma de estar que no abunda.
Nos decía ayer que esperaba haber dejado una pequeña huella de luz. Y yo te digo —sin retórica ni zalamería— que esa luz no fue pequeña.
Que tu presencia fue, durante todo este tiempo, una constante serena. Una voz que hablaba idiomas, sí, pero sobre todo entendía personas.
Has dejado marca. De la buena. De la que no se borra cuando se baja la persiana.
Porque tú no solo vendías productos. Vendías confianza. Seguridad. Y eso no hay catálogo que lo enseñe ni curso que lo explique.
En estos tiempos grises, donde todo corre y casi nadie se detiene a mirar a los ojos, tenerte en el equipo fue una fortuna.
Por tu trabajo impecable, sí.
Pero también por tu manera de ser: firme sin arrogancia, amable sin esfuerzo, generosa sin aspavientos. Con ese acento tuyo que no sabíamos ubicar, pero que siempre sonó cercano.
Dices que te dimos una oportunidad. No sé si nosotros te dimos una oportunidad. Lo que sí sé es que tú la aprovechaste como pocas lo harían.Y eso no se olvida.
Porque no basta con entrar en un lugar; lo importante es dejar huella al salir.
Ahora empieza otra etapa. Tuya. Solo tuya.
Te la has ganado a pulso.
Aquí seguimos los demás, claro.
Con algo de nostalgia, sí. Pero también con la tranquilidad de haber trabajado con alguien que ha dejado el listón alto.
Muy alto.
Te deseamos salud, tiempo de calidad y todo lo bueno que mereces.
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