Redistribuir el esfuerzo.

Esta mañana, mientras venía en el coche, una voz en la radio pronunció una frase que desde entonces me persigue como una canción pegajosa: «hay que distribuir el esfuerzo».

Me pareció brillante en su sencillez. 

Certera.

Redistribuir el esfuerzo no es un eslogan bonito. Es una propuesta revolucionaria. Que cada uno asuma su parte.

Que no esperemos que todo lo resuelva “el sistema”, como si el Estado fuera una app de servicios infinitos, sin límites ni costes.

El maná, si alguna vez existió, se acabó hace tiempo.

Lo que tenemos hoy es otra cosa: la era del menor esfuerzo.
Vivimos en un entorno que premia lo rápido, lo fácil, lo inmediato.

Todo lo que implique espera, trabajo sostenido o sacrificio personal tiende a ser descartado por incómodo o “anticuado”.

Pero sin esfuerzo compartido no hay estructura que aguante.
Y sin estructura no hay crecimiento.
Sin crecimiento no hay innovación.
Y sin innovación, el futuro se detiene.

Lo preocupante no es solo la falta de esfuerzo. Es que lo hemos convertido en virtud. En ideología.

Hemos romantizado la pasividad y penalizado al que se esfuerza, al que arriesga, al que construye.

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