Margarona.

Siempre que regreso a La Graciosa paso frente a su casa. 

Si la puerta está entreabierta, como ocurre casi siempre, entro a saludarla. 

Ella suele estar ahí, sentada en su silla del zaguán, como quien vigila la historia desde su esquina. 

Me reconoce en segundos. La memoria no le falla: Margarona sigue tan lúcida como cuando gobernaba con temple y ternura esta tierra salada.

A sus casi ochenta años, conserva esa mirada intensa, casi hipnótica, capaz de atravesarte en silencio. 

Una mirada que dice más de lo que calla. Quien la sostenga por un momento comprenderá que en esos ojos habita la trayectoria de toda una isla: la lucha diaria, las transformaciones, los desafíos de un territorio pequeño en mapa pero inmenso en identidad.

La conocí siendo apenas un chinijo. Ella atendía tras el mostrador de su tienda de aceite y vinagre, que era también punto de encuentro, de consejos, de rumores. 

Apenas crucé la puerta, me miró y dijo: “Tú eres nieto de María Martín, de Haría, ¿verdad?” Tenía ese don para reconocerte sin haberte visto antes. Era como si llevaras el árbol genealógico escrito en la frente.

Durante casi tres décadas fue la máxima representante de La Graciosa. La alcaldesa pedánea. La voz firme y maternal de una isla que entonces carecía de lo más básico. 

Su etapa marcó el tránsito de un pueblo de pescadores a un enclave cada vez más vinculado al turismo. Pero ella nunca cambió. Siempre fue vecina antes que autoridad.

Cuando le pregunto cómo está, responde con su clásica energía: “Bien, aunque las rodillas ya no me obedecen como antes.” Y sonríe con esa mezcla de humor y coraje que tanto la define.

Hoy, una calle de Caleta de Sebo lleva su nombre. Y es justo. Porque Margarona no solo forma parte de la historia: es la historia. Representa el liderazgo en su forma más pura, ese que no busca reconocimiento pero deja huella. 

Hay quienes, al referirse a ella, hablan de Juana de Arco. Y no les falta razón. Como la heroína francesa, fue mujer en un mundo de hombres. Se plantó, mandó, decidió y defendió. Sin espadas ni armaduras. Con la palabra. Con la determinación. Con ese instinto certero que tienen algunas mujeres que, sin buscar gloria ni estatua, terminan siendo el único bastión entre su pueblo y el olvido. 

A Juana de Arco la quemaron. A Margarona la honramos. Pero ambas, a su manera, encendieron una antorcha.

Y mientras ella siga sentada en ese zaguán, la historia seguirá viva en La Graciosa. Porque hay personas que no son pasado: son memoria activa, faro encendido.

Me despido de ella sabiendo que cada encuentro con Margarona es una lección de memoria, de arraigo y de valentía.

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