
Nos acordamos de Santa Bárbara solo cuando truena. Y del aeropuerto de Los Rodeos, cuando no opera.
No soy una excepción: cada vez que quiero volar a Tenerife Norte y me cancelan o desvían el vuelo por “causas meteorológicas”, me acuerdo de que tenemos un problema estructural.
En los últimos días se han cancelado y desviado decenas de vuelos. No es anecdótico. Es un patrón.
Y lo peor no es solo el trastorno individual de los pasajeros (aunque lo sufren): lo preocupante es el efecto dominó que esto tiene sobre todo el sistema. Vuelos alterados, rutas reprogramadas, pérdidas operativas, costes logísticos, tiempo improductivo. Todo suma. O mejor dicho: todo resta.
Aterrizar en Los Rodeos tiene el encanto de la inmediatez: bajar del avión y, en un suspiro, pisar La Laguna o Santa Cruz.
Pero a cambio, muchos días del año, se viaja con el suspense de Hitchcock: uno no sabe si aterrizará donde quiere o donde pueda.
El destino no lo decide el billete, sino la nube.
Tener infraestructuras críticas que fallan con frecuencia no es eficiente, no es rentable y no es sostenible.
Un aeropuerto que no vuela cuando se necesita, no es un recurso: es un coste.
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