Ciudadanos de Fuerteventura.

Hace unos días me vino a la cabeza, como quien tropieza con una vieja fotografía descolorida, la inauguración del terreno de Lucha Canaria en La Graciosa.

Corría el año 1987 (19 de julio), y la fecha coincidía con las Fiestas del Carmen. Ese ritual marinero que en las islas pequeñas se celebra como si cada verano fuera el último.

Porque allí el mar lo es todo, y las tradiciones no se repiten: se heredan.

Fue un evento grande, de los que marcan época.

Un momento histórico que reunió a lo más representativo de la política canaria, a nuestros líderes insulares y municipales.

Lo traigo a la memoria ahora que se acercan de nuevo las fiestas, no tanto por el acto en sí como por una anécdota que ha sobrevivido, terca, en mi recuerdo.

Cada vez que paso delante de ese recinto deportivo me viene a la cabeza la escena como si no hubiera pasado un cuarto de siglo.

Era la hora de los discursos. Le tocaba hablar al Delegado del Gobierno, que entonces era Eligio Hernández, a quien el destino tenía reservado el sillón de Fiscal General del Estado y a quien El Hierro, su tierra, recordaba como el Pollo de El Pinar, no por gallináceo sino por bregador. 

Eligio tomó el micrófono con seguridad, pero cometió un error de esos que parecen menores… hasta que no lo son.

“Ciudadanos de Fuerteventura…” dijo.  

El murmullo fue inmediato. Un rumor de sorpresa sacudió a todo el recinto,  la incredulidad contagio a todos los vecinos de La Graciosa.

Se miraban unos a otros sin entender si aquello era un error, una falta de respeto o simplemente una metedura de pata.

Eligio, para su mérito, se dio cuenta al instante. Y reaccionó como buen luchador: giró sobre su error, lo tomó por la pechera y lo convirtió en oportunidad.

“De Fuerteventura… de La Graciosa, de Lanzarote, de Tenerife, de La Palma…”

Y así, uno por uno, fue desgranando el rosario del archipiélago canario hasta no dejarse ni una isla en el tintero.

De aquella anécdota, me quedo con una enseñanza:
Equivocarse es humano; corregir con determinación, es de valientes.

Y eso, en cualquier terreno —ya sea de lucha, de empresa o de vida— marca la diferencia.

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