
Llevo días —no horas ni minutos, sino días enteros— debatiéndome entre el pudor de callar y la urgencia de escribir sobre el asunto.
Al final, ha ganado el verbo.
El absentismo laboral que estamos viendo en Canarias no es una broma. Ni una exageración. Es una realidad que empieza a tener los tintes oscuros de la alarma.
Está alcanzando niveles que comprometen la supervivencia de servicios públicos y de muchísimas pequeñas y medianas empresas que, día a día, pelean por no hundirse.
Empresas que sostienen, con uñas y dientes, gran parte del tejido económico de las islas.
Vaya por delante algo que no necesita explicación, pero que conviene repetir para los torpes y los malintencionados: la salud de los trabajadores es sagrada. Repito: sagrada. Hay que cuidarla, protegerla, mimarla si hace falta.
Y no hay empresa digna que no lo sepa. Sin salud no hay trabajo ni dignidad. Y es deber de todos —emprendedores, directivos, administraciones— mejorar las condiciones laborales, proteger, cuidar, construir entornos sostenibles y humanos.
Pero luego están esas otras cosas. Las que te encienden la sangre. Las que te dejan con la mandíbula apretada.
El otro día fui testigo de una escena tan banal como reveladora.
Viajaba en el transporte público, ese confesionario sin cura y con testigos, cuando dos muchachas (veinticuatro, veinticinco años, a lo sumo) se dedicaban a rememorar con entusiasmo una noche de fiesta reciente que había acabado a las 7:00 de la mañana.
Nada que objetar a eso. A nadie se le niega el baile. Pero luego, entre risas y selfies mentales, una de ellas soltó, como quien se pide un cortado: “Yo sigo de baja. No sé si ya para mediados de agosto me reincorporo… si eso.”
No se puede generalizar, por supuesto. Sería injusto. Pero lo que sí se puede —y se debe— es actuar. Porque estos abusos, estos pequeños fraudes cotidianos, están dañando algo mucho más importante que un parte médico: están minando la confianza en el sistema, están hundiendo la moral de los que sí madrugan, sí cumplen, sí se parten el lomo.
Y si no empezamos a tomar cartas en el asunto —con valentía, con seriedad, sin populismos pero también sin paños calientes— acabaremos viviendo en un país donde ser honesto sea cosa de idiotas.
Estamos hablando de ética. Y sin ética compartida, no hay futuro posible.
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